1961 San Agustín, CONFESIONES
1961 San Agustín, CONFESIONES

El editor y escritor Mario Lacruz, le encargó la traducción del latín de los libros XI, XII y XIII de las Confesiones de San Agustín, que el R.P.Fr. Eugenio Zeballos había dejado sin traducir. La obra completa se publicó en Plaza & Janés en Abril de 1961.

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Els catalans. Vida i costums
Els catalans. Vida i costums

Editorial Nauta 1979 Incluye textos en catalán de Eliseo Bayo, Josep Plà, Andreu Avelí Artís, Baltasar Porcel, Alexandre Cirici Pellicer, Oriol Martorell y Josep Mª Espinàs.

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Como orientar el futuro de sus hijos
Como orientar el futuro de sus hijos

Ediciones Dana1975 Obra dirigida por Eliseo Bayo Todas las carreras y profesiones en España Un año después de la muerte de Franco, la sociedad española daba sus primeros y aún balbuceantes pasos hacia la modernidad. Esta obra fiscaliza esos cambios desde la perspectiva del mercado laboral, apuntando cómo afectarían a multitud de profesiones (¡y personas!).

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2012 En la Roca
2012 En la Roca

Cuadernos del Teatro Español una brillante iniciativa de Angel Facio para ofrecer contextos de las obras estrenadas. Los actores Eloy Azorin (Guy Burgess) y Chema León (Kim Philby), dirigidos por Ignacio García, siguiendo el texto de Ernesto Caballero, han recreado magistralmente y de modo muy verosímil las escenas que bien pudieron haber ocurrido aquella noche en el hotel La Roca, de Gibraltar, que da nombre a la obra: ¡el destino de los espías!

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El ileso novio de la muerte (En la Roca)

(Este es el texto que Angel Facio, director de los Cuadernos del Teatro Español, me encargó para situar el marco histórico

de la obra teatral de Ernesto Caballero en la que los espías británicos tramaron atentar contra Franco.

Lo titulé El Novio Ileso de la Muerte porque ese fue el Destino del general, sobreviviente a todos los atentados,

físicos y políticos, nacionales e internacionales, que se conjuraron inútilmente de apartarlo del Poder.

Podríamos decir que su sombra no se ha desvanecido en el presente)

Los actores Eloy Azorin (Guy Burgess) y Chema León (Kim Philby), dirigidos por Ignacio García, siguiendo el texto de Ernesto Caballero, han recreado magistralmente  y de modo muy verosímil las escenas que bien pudieron haber ocurrido aquella noche en el hotel La Roca, de Gibraltar, que da nombre a la obra, En la Roca: ¡el destino de los espías! El autor ha investigado con esmero las complejas personalidades de los dos jóvenes intelectuales ingleses que formaron parte del grupo de espías prosoviéticos nacido en las entrañas del establishment británico. El director -más bien actuando de médium, convocando a los muertos- ha elegido con acierto el clima, el hábitat psicológico, que debería de envolver a los dos amigos que se encuentran en terreno neutral para decidir la deriva de sus actos en el drama más universal de la época: el golpe de Estado que pocos meses antes habían dado en España unos generales, con la ayuda y el patrocinio de Hitler y de Mussolini, contra la República previamente incendiada por los prolegómenos de la guerra civil. 

 

1.1. La noche de la catarsis y los espías ingleses de Stalin

Se ha dicho innumerables veces que el destino de Europa se jugaba en España, y no es cierto. Empezó a decidirse cuando el conglomerado de intereses oligárquicos anglonorteamericanos -que operaban en la City y en Manhattan- había decidido llevar a Hitler, su criatura predilecta, al poder. Se ha afirmado con razón que la guerra de España fue el prólogo de la II Guerra Mundial, y ésta estalló necesariamente porque la Gran Guerra, auspiciada por el mismo círculo de intereses, logró en parte sus objetivos: eliminar los tres imperios, el otomano, el austro-húngaro y el zarista,  para el rediseño del nuevo mapa imperialista mundial, pero produjo una sorpresa indeseable. Trotsky y Lenin tomaron el poder para los soviets, aniquilaron el sistema zarista -una amenaza para todos, por su predominio estratégico en Asia y en el Extremo Oriente-, y bajo la dirección de Lenin y posteriormente de Stalin- que se deshizo de toda la oposición de derechas -empezó a surgir de manera pujante la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Esta y no otra fue la amenaza real del Imperialismo. Todos los esfuerzos se dirigieron a destruir a la Unión Soviética. Mucho antes de la II Guerra Mundial, Trotsky hizo numerosas predicciones sobre la inevitabilidad de la guerra y la derrota de la URSS. En los días en que Kim Philby y Guy Burgess se debatían  de manera tortuosa y narcisista -como es propio de todo intelectual revolucionario- sobre el trasfondo de la supuesta orden de atentar contra Franco, se sucedían en  Moscú los célebres juicios contra los trotskistas y los bujarinistas, acusados de traición, asesinatos, sabotaje y hundimiento de la economía. Trotsky, que pudo escapar de la purga, se había convertido en portavoz internacional contra el sistema soviético y confiaba, según sus palabras, en que la guerra contra la Unión Soviética aplastaría a la burocracia del Kremlin mucho antes de que estallara la revolución en algunos países capitalistas.

Esta predicción, o más bien, consigna de Trotsky, es el fondo del debate que transcurre a lo largo de la noche de cigarrillos, unos tras otros -varios encendidos a la vez-, de tragos largos y cortos de whisky, de catarsis lúcidas, de remordimientos anticipados, de miedos y de terrores, en la que los jóvenes Kim y Guy se enfrentan a su propia vida, al destino del mundo y al papel que han de interpretar en aquella tierra al Sur de Europa, donde la gente se mata verdaderamente por ideas y por ideales. Es una guerra en la que están presentes todos los ingredientes de la historia para formar un cuadro monstruoso. Todos matan por ideas y es la idea la que mata. Todos quieren matar al otro, al adversario, porque no tiene cabida en el mundo propio. Los falangistas matan por la idea que tienen de España; los requetés, por la idea que tienen de Dios; los anarquistas, por la idea que tienen de la Historia sin Estado y sin propiedad privada; los comunistas, por la idea que tienen del Estado de los Trabajadores; los curas van a la guerra, presencian los fusilamientos de los enemigos de Dios. Los milita-res sublevados, los que planifican la guerra a fuego y sangre en la toma de las ciudades, matan por la idea que tienen del orden social, de la jerarquía, de la raza. Pero todos los que se matan entre sí son actores que creen actuar por su cuenta, obedeciendo a sus propios impulsos tan independientes de su voluntad como el acto de respirar. Actúan, matan. Falta saber quién los mueve. 

La noche larga de los jóvenes ingleses en la Roca ocurre cuando la República camina sin remedio a su fin. Lo saben todos los contendientes, y lo callan. Aún no han muerto todos los que han de morir, y no se debe torcer el destino. El general rebelde que hizo la guerra por la idea que tenía de sí mismo, ha conseguido por la fortuna, que le acompañará a lo largo de su vida, hacerse con el poder dentro del Alzamiento. Los generales más prestigiosos que él, con más idea de España, con más tradición, han muerto. Los otros le temen, porque su vida está en las manos del Dictador, y aún si éste desapareciese las consecuencias serían peores, porque deberían responder por sus crímenes. Franco ha logrado vaciarlos a todos por dentro, convertirlos en muertos vivientes, secuestrar su voluntad, y lo mismo que en el entorno de Hitler, surgirán intentonas de atentar contra su vida que quedarán en meros proyectos. Cuando la situación llega a ser en extremo desesperada la idea de atentar contra la vida del Dictador es en sí misma desesperada, pues sólo la acción nacida del cálculo frío, ejecutada por agentes desprovistos de pasión, puede llegar al éxito.  

1.2. La supuesta orden de matar a Franco y los personajes del drama

¿De dónde han salido los dos jóvenes ingleses que debaten sobre el mensaje que uno de ellos, Guy Burgess,  entrega al otro, Kim Philby, de parte de la oficina, con la indicación- en el caso de que fuera cierta- de matar a Franco?  Son muy jóvenes, pero no es un inconveniente: jóvenes son todos los que se matan a millares en aquellos días, y el ejército está repleto de jóvenes oficiales. Hay comisarios políticos que apenas cuentan dieciséis años y arengan a unidades de soldados que acaban de dejar las fábricas y los campos con la piel curtida y el alma incendiada. 

Kim Philby tiene veinticinco años en 1937, y ya está trabajando para el NKVD soviético. Guy Francis de Moncy Burgess es un año mayor. Los dos son hijos de influyentes familias inglesas. Ambos estudiaron en el Trinity College, Cambridge. Harold Adrian Rusell  Philby, llamado Kim en honor del personaje de Rudyard Kipling, es hijo del legendario oficial del ejército británico, explorador, diplomático, escritor y orientalista, Harry St. John Philby. El economista inglés Maurice Herbert Dobb hizo de Kim un convencido marxista y enseguida un activista de primera fila, reclutado en París por el servicio de inteligencia soviético (OGPU), a través del hombre de los múltiples nombres, Alexander Mijailovich Orlov, que entonces gozaba en Francia de cobertura oficial en la delegación comercial soviética, bajo el nombre de León Nicolaeff, aunque algunas fuentes desmienten que tuviera algo que ver con el reclutamiento de Philby. 

Philby y Orlov coincidieron en España durante la guerra civil, aunque en zonas distintas. En julio de 1936, en los días del alzamiento militar, Orlov es enviado a España como enlace del NKVD con el Ministerio del Interior de la República española. Llega a Madrid el 15 de septiembre de 1936 para coordinar el envío de asesores y de material de guerra a España. En sus declaraciones posteriores ante la comisión del Se-nado de los Estados Unidos -Orlov desertaría en 1938 para pedir asilo en los Estados Unidos- dirá que su misión era asesorar en temas de espionaje, contraespionaje y lucha de guerrillas.

Kim Philby siguió de alguna manera los pasos de Orlov y por los mismos derroteros. Estuvo en Viena en 1933 y se relacionó con medios comunistas. Se casó con una camarada de origen judío, Litzi Friedman, de la que se separaría tras la guerra civil española. Era demasiado valioso para los soviéticos y debía fabricarse una nueva identidad política contraria al comunismo para pasar inadvertido. Entró en círculos pronazis en Inglaterra, en especial la muy acreditada Liga de Amistad Anglo Alemana, que propugnaba un acercamiento a los nazis. Fue su coartada para viajar a la zona  de la España nacional, a fin de informar sobre los movimientos militares rebeldes y lograr entrevistar al general Franco en su cuartel general. El 3 de febrero de 1937 llegó a Sevilla, vía Lisboa -donde se quedó su esposa para servir de enlace-, como periodista freelance. Fue detenido mientras asistía a una corrida de toros en Córdoba, por resultar sospechoso, ya que no había muchos extranjeros con acento inglés en la ciudad. Logró ganarse la simpatía de la Guardia Civil y tuvo tiempo de destruir el código de claves que utilizaba para comunicarse con su enlace. Guy Burgess sería el encargado de entregarle en Gibraltar una nueva libreta de códigos y al mismo tiempo él recibió de Kim la información sobre los movimientos de Franco. Poco después Philby se trasladó a Londres para entrevistarse clandestinamente con los agentes Deustch y Mali. Parece ser que en aquella reunión se trató de la posibilidad de que Philby atentara contra Franco, aunque se ha dicho que Mali desaconsejó la idea por considerar que Philby no era apto para una misión de tal envergadura. No debe subestimarse la suficiencia de Philby, pues episodios posteriores de su vida le acreditarían como hombre resuelto a tomar decisiones extremas en contra de otras personas. En las condiciones de la época, Philby y sus compañeros eran intelectuales cuyo compromiso con el radicalismo político de izquierdas tenía su centro en Moscú, y lo que se esperaba de ellos no era propaganda ni agitación, sino cumplir las tareas exigidas y exigibles en el marco de la partida o Gran Juego. No eran espías, sino agentes comprometidos con un planteamiento político global nacido dentro de la élite inglesa de la que formaban parte. Asuntos de familia, en definitiva. 

 

1.3. Los cinco de Cambridge: jóvenes, guapos, aristócratas y algún bastardo real.

Entre 1935 y 1963 los soviéticos dispusieron de abundante información secreta sobre cuestiones militares y científicas gracias a la red de informadores conocida como los cinco de Cambridge, que trabajaban para el MI5, el MI6 y el Foreign Office. Anticipemos que no eran sólo cinco, que hubo otros más importantes por encima de ellos, y que el noviazgo con los soviéticos se inició ya en 1917. Después habría matrimonio pleno.

Cuatro de ellos han sido identificados: Kim Philby, Donald McLean, Guy Burgess y Anthony Blunt. Aunque cueste trabajo creerlo -por venir de fuentes desertoras del KGB-, el quinto fue Victor Rothschild, nieto de Lionel Rothschild, a quien Benjamin Disraeli inmortalizó con el personaje Sidonia en su novela Conigsby. Otras fuentes ajenas al desertor soviético se refieren a Victor -y no sólo a éste, sino a todo el clan familiar- como el director de orquestas, pues hubo varias, que animaron los bailes del mundo desde que los hermanos se lo repartieron. Sir Anthony Blunt los reclutó a todos ellos para el Foreign Office. Y también a otros, como Stewart Menzies, Dick White y Rupert Vansittart. Es decir, no fueron los rusos los que penetraron en la fortaleza, sino que la puerta se abrió desde dentro.

El papel de Sir Anthony Blunt, hijo ilegítimo de George V y hermanastro de Eduardo VIII, Duque de Windsor, quedó al descubierto en 1964, pero no sufrió persecución alguna por su traición ya que recibió inmunidad a cambio de admitirla. En aquel momento era Caballero y curator de la colección de arte de la Reina Isabel II. 

Los cinco de Cambridge -y otros agentes ingleses al servicio de los  soviéticos- convirtieron a Stalin en el estadista mejor informado de los asuntos europeos antes de la II Guerra Mundial, durante ella, y entre 1945 y 1963. En realidad, los amos de los cinco de Cambrigde, ayudaron a Stalin en su lucha por el poder, y le hicieron dueño de los destinos de Europa. El precio podría parecer excesivo, en la consideración de los simples mortales, pero los inmortales ven las cosas de otra manera, porque su cerebro las procesa de modo singular. Ni siquiera las ven. 

Cualquiera que fuera el encargo que recibió Philby, lo cierto es que regresó a España, esta vez como corresponsal especial de The Times en Burgos, el 24 de mayo de 1937. Una cobertura que implicaba complicidades muy profundas en beneficio de alguien que no podía ser un principiante, ni alguien no suficientemente probado. En diciembre de ese año Philby fue el único superviviente de la explosión de una bomba al paso del automóvil en el que viajaba, cerca de Teruel, con otros tres corresponsales extranjeros: Edward J.Neil (Associated Press), Bradish Johnson (Newsweek) y Ernest Sheeoshanks (Reuters). El 2 de marzo de 1938 recibió la Cruz Roja al Mérito Militar de manos del general Franco, quien tuvo para él especial deferencia expresada en un inglés que denotaba más fuerza de voluntad en aprenderlo que sutileza en la entonación: Philby, el amigo inglés de Franco.

El cuartel general de Franco estaba alertado de la afluencia de espías procedentes de los países demócratas, especialmente de Francia, con cobertura periodística. La infiltración de agentes republicanos en Salamanca y después en Burgos tenía por objeto recabar información detallada sobre los dispositivos de seguridad internos, sobre la residencia y los hábitos del general, la situación exacta de su despacho, la manera de acceder al edificio, la red de alcantarillado, y vías de entrada y salida de los comandos operativos. El 8 de julio de 1937 el SIFNE comunicó a Burgos desde su base en Biarritz que, según una persona que había estado en contacto con el estado mayor gubernamental en Valencia, el gobierno de la República destinaba mensualmente 200.000 pesetas no sólo para fomentar el desorden en zona enemiga, sino para atentar contra ciertos personajes.

Es sabido que Franco estuvo siempre preocupado por su seguridad personal, encomendada desde los primeros días a su guardia mora de confianza y a los numerosos informadores encargados exclusivamente de procesar todos los datos que pudieran comprometer la integridad física del Caudillo. Desde su estancia en Salamanca y en Burgos, Franco era consciente de que su vida estaba pendiente de un hilo. Hizo vigilar la cocina y los cocineros, montar guardia de confianza en los lugares de residencia y de paso, comprobar minuciosamente y con gran frecuencia los sistemas de seguridad y mantener el secreto sobre sus desplazamientos.

Los comandos especiales republicanos que actuaban en zona nacional se agrupaban en el famoso Batallón de Guerrilleros, del que saldría el no menos célebre XIV Cuerpo de Ejército. El cuerpo fue mandado por el experto en guerrillas Domingo Ungría, que había sido asesorado por los soviéticos. De ese cuerpo de guerrilleros destacaba un pelotón llamado Hijos de la noche, compuesto en su mayoría de sargentos especializados en el sabotaje de líneas férreas, de fábricas y de infraestructuras. Uno de estos sargentos contaría años después en el penal de Burgos -donde cumplía condena de cadena perpetua, tras haberle sido conmutada la pena de muerte-, cómo uno de sus objetivos fue liquidar al Caudillo. 

Casi setenta años después de los hechos -en enero de 2001-  se supo, tras las desclasificación de documentos por el MI5, que Kim Philby ya trabajaba en la época de su presencia en Burgos para los soviéticos. En los documentos hechos públicos se indica que hubo un complot para asesinar a Franco. La idea partió al parecer de Nicolai Yezhov, jefe de la OGPU, la policía secreta soviética antecesora del KGB, dentro de una operación de mayor alcance que incluía toda la península ibérica. Yezhov dio instrucciones a otro agente doble, Paul Hardt, para que encontrara a un inglés que llevara a cabo la misión. No han transcendido más detalles de cómo se pensaba llevar a cabo la eliminación física de Franco, pero Philby lo entrevistó personalmente dos veces. La información procede de un informe del general desertor ruso Walter Krivitsky, quien añade que Hardt contactó y envió a España a un joven inglés, periodista de buena familia, idealista y fanático antinazi. El funcionario del servicio de inteligencia británico anotó al margen del informe: prob. Philby. Antes de que el plan madurara, Hardt fue llamado a Moscú y desapareció. Sobre todas estas informaciones especula brillantemente el autor de En la Roca, Ernesto Caballero, para dar vida, a través de dos formidables actores, Eloy Azorin y Chema León, a los espías ingleses, Kim Philby y Guy Burgess, exprimiéndose la vida y el alma, a lo largo de una noche en la que pretendían alterar el curso de los acontecimientos. 

1.4. La política de Stalin sobre España

La idea de alentar un atentado contra Franco no entraba en la cabeza de Stalin, porque su prioridad máxima era alejar cuanto más se pudiera el peligro de guerra mundial contra la Unión Soviética. Su extraordinario olfato político de lo que ocurría a su alrededor, y el análisis de las informaciones que le llegaban de todas partes, confluían para determinar que la guerra era una cuestión de tiempo. Debía ganarlo a toda costa. Su objetivo era que las democracias imperialistas no rompieran su alianza militar contra la Alemania nazi. 

En la guerra de España Stalin tenía que demostrar que no aspiraba a realizar la revolución proletaria. A pesar de todos los excesos propios de la guerra, contó con la disciplina férrea del Partido Comunista, cuyo objetivo expreso y único era restablecer las libertades democráticas republicanas, dejando bien claro que estaba en contra de los anarquistas y de los trotskistas que propugnaban la revolución social. A Stalin le convenía centrar la atención internacional en la agresión de la Alemania nazi y de la Italia fascista contra la joven República española, para ganarse a los demócratas burgueses de todos los países, espantados por el fenómeno del nazi-fascismo que propugnaba una revolución social  de efectos devastadores para las libertades civiles.  

El principal objetivo estratégico de Stalin era desbaratar la gran alianza que se gestaba entre la oposición industrial de derechas alemana y los círculos más altos del palacio de Buckinham, que aglutinaban a aristócratas y oligarcas con la idea de firmar la paz con Alemania y convencer a los aliados para que se formara una gran coalición mundial contra la Unión Soviética. El aliado principal de Stalin en Gran Bretaña era Sir Winston Churchill, el gran padrino de la sección pro-soviética del servicio de Inteligencia británico, desde el final de la I Guerra Mundial. En los Estados Unidos, el amigo era Franklin Delano Roosevelt: los tres de la famosa foto de Yalta. Stalin necesitaba la estabilidad de la democracia occidental y su férreo fortalecimiento a manos de los gestores naturales: los liberales reformistas, la socialdemocracia y los intelectuales de izquierda que encontraban en ella el marco más idóneo para expresar sus ideas y experimentar con el caos. 

El objetivo táctico de Stalin era satanizar a la extrema derecha destacando sus rasgos más terroríficos: el racismo, el fanatismo religioso, la intolerancia, la cultura de la muerte y de la violencia, sin excluir el lado más llamativo de la desaparición de la propiedad privada a manos del Estado nacionalsindicalista. Al enviar armas a la República española, asediada por un golpe de estado militar de corte fascista y antidemocrático, Stalin estaba lanzando el mensaje de que la Unión Soviética se alzaba como defensora de las libertades democráticas  burguesas amenazadas. No necesitó esforzarse mucho para convencer a Roosevelt y a Churchill de que la pretendida alianza de las oligarquías aristocráticas y financieras angloamericanas y germanas para derivar la acción unida contra la Unión Soviética iba en contra del sentido de la historia. Ellos lo sabían lo mismo que él. 

La represión contra los trotskistas del  POUM y contra los anarquistas de Barcelona -así como la fulminante liquidación del intento de las colectividades anarquistas en Aragón-  fue una demostración pública, dedicada al mundo, de que en España no se permitiría ninguna intentona revolucionaria: no se hacen experimentos con la Revolución. Desde siempre ésta ha sido un asunto de profesionales. Abstenerse, pues, los aficionados que, identificando sus delirios con el rugido hosco de la historia, pretenden  adueñarse de la tormenta. No hacerlo es cosechar muertos a destiempo.

El propio George Orwell, simpatizante del POUM, jugó un papel involuntario al enfrentarse públicamente al Partido Comunista, no por la discusión de si la revolución debería hacerse antes o después de la guerra, sino simplemente porque había llegado a la conclusión de que el Partido Comunista no tenía intención alguna de hacer la revolución, ni antes ni después. Hubo discrepancias en el seno del partido comunista español, y fueron apartados del poder los dirigentes, muchos de ellos de gran prestigio, que propugnaban la línea más revolucionaria. La corriente estalinista se impuso y no deja-ría de ser fiel a las consignas de la Unión Soviética hasta época muy tardía, cuando la dirección, casi la misma, se distanció públicamente de la Unión Soviética 

-condenando la invasión de Checoslovaquia- precisamente para demostrar que el Eurocomunismo no aspiraba a hacer ninguna revolución proletaria en España, sino una alianza democrática de las fuerzas del trabajo y de la cultura en el seno de una democracia parlamentaria casi idílica. 

Naturalmente, aunque Stalin no pretendió hacer de España un país comunista, sí controló con mano de acero el modo de conducir la guerra contra Franco. A través del Comintern se organizó el reclutamiento de voluntarios extranjeros en Europa y en América para luchar por la República encuadrados en Brigadas Internacionales, al estilo militar soviético, es decir nombrando comisarios políticos al mismo nivel que los diversos rangos militares; por encima de ellos estaban los asesores soviéticos. Pronto la República española dependió de la estrategia de la Unión Soviética, porque era su fuente básica de abastecimiento de suministros bélicos, de técnicos y de asesores mili-tares. Los comunistas acapararon al final todo el poder, ante la impotencia de Negrín para convencer a las democracias occidentales de que ayudar eficazmente a la República era la única manera de que se mantuviera dentro de los parámetros occidentales.  

Los franquistas concentraron su propaganda en demostrar a los ciudadanos de los Estados Unidos y del Reino Unido que solamente los comunistas apoyaban a la República. Así se cerró el callejón sin salida de la República, liquidada a efectos prácticos por un golpe militar, esta vez democrático pero igualmente anti-comunista, en sus propias filas. Stalin volvería a intentar ganar tiempo, y lo hizo con la jugada más arriesgada de todas, pero la única a su alcance: firmando el pacto germano-soviético, que dejó descolocadas a todas las fuerzas internacionales. Demostró ser el único camino que le llevaría a ganar la guerra a costa de los más tremendos sufrimientos.

1.5. Kim Philby, el amigo múltiple reivindicado

Kim Philby no se había desentendido de España.  En el verano de 1940 se encontraba en el centro de entrenamiento de Brickendonbury Hall, cerca de Londres. Hasta allí había llegado un grupo de españoles del ejército republicano -no menos de veinticinco-, entre ellos algunos dinamiteros asturianos. Eran comunistas y se referían a Philby como comisario político, aunque habían sido reclutados por el servicio secreto inglés e ignoraban que Philby fuera un agente soviético. ¿Desconocían también que había sido corresponsal en el lado de Franco? Parece ser que este grupo de españoles que recibía entrenamiento de sabotaje para actuar en España, en caso de que Alemania entrara en España, es el mismo que luego cayó en manos de Peter Kemp, un inglés ultraderechista que había luchado en España con los requetés y en la Legión. El grupo nunca llegó a actuar en España, aunque el de Kemp, formado por dieciocho ingleses hispanoparlantes, se reunió el 5 de abril de 1941 en el Peñón de Gibraltar y allí se estacionó unos meses a la espera de acontecimientos que nunca se produjeron.

Desde septiembre de 1941 Kim Philby dirigía en Inglaterra la subsección ibérica de la Section V, encargada de analizar y encauzar la gran cantidad de información que llegaba de España sobre las operaciones de espionaje que realizaban los alemanes -la Abwefir- en Inglaterra. Tánger y Algeciras eran puntos clave en la emisión de informaciones importantes.

La reivindicación de Philby no esperó a su muerte. Poco antes de que ocurriera, le llegó el coro de voces que dentro de los servicios y en los ambientes distinguidos británicos proclamaban que el antiguo ejecutivo del MI6 Kim Philby, a pesar de ser general del KGB, fue un agente británico triple o, al menos, nunca produjo realmente mucho daño a Gran Bretaña. Más aún: En cualquier caso, puesto que está trabajando ahora para el gran reformador Gorbachov, es evidente que Philby estaba de nuestro lado. Todo esto y más se podía leer en 1987-un año antes de la muerte de Philby- en el libro de Anthony Glees, The Secrets of the Service: A Story of Soviet Subversion of Western Intelligence. Reveló que el Foreign Office había ensalzado a Philby en un memorándum interno. Glees, que escribía por cuenta de alguien del establishment, justificaba a los espías de manera aparentemente naif, pero llena de la profunda malicia que sólo el pensamiento inglés puede expresar: decía de ellos que ignoraban la verdadera naturaleza del estalinismo, y el papel que el comunismo soviético tendría al final de la guerra en Europa y especialmente en la Europa del Este. Y esta perla: no sería fácil acusarles de traición si pudieran demostrar que no sabían que Stalin y la Corona no eran incompatibles.  That is the question: sirviendo a Stalin, servían a la Corona.

Kim Philby y sus amigos no podían ser traidores, a no ser que lo fueran también sus más altos jefes -desde el director del MI5 hasta Winston Churchill-, que hicieron algo más que trapichear con los soviéticos. Churchill decidió no apoyar a la oposición alemana a Hitler, cuando antes de la guerra se le acercó el general representante del estado mayor alemán, Ewald von Kleist-Schmenzin buscando el visto bueno inglés a un golpe militar contra Hitler; y de nuevo, en 1942, cuando los círculos de la resistencia alemana en torno a Dietrich Bonhöffer, pidieron la ayuda inglesa. El primer contacto, en el que se vio envuelto no sólo Churchill sino también Sir Rupert Vansittart y Lord Lloyd reveló un proyecto de tal seriedad que, de haber sido aprobado por Gran Bretaña, podría haber impedido la guerra. El propio Churchill reconoció que no había posibilidad de fallo. Sólo se necesitaba que Hitler estuviera en Berlín, y allí estaba.

No se paró la guerra y se tomaron otras decisiones absurdas, como abrir el frente de África del Norte en lugar de hacerlo en la Europa continental, lo que ayudó a prolongar la guerra en beneficio de Stalin. Churchill definitivamente apoyó a Stalin en los momentos decisivos: rechazó apoyar a la oposición contra Hitler, firmó los acuerdos de Yalta por los que se cedieron a Rusia los territorios ocupados, y en 1941 hizo algo más: dio orden de que a partir del 22 de junio la Inteligencia británica eliminara todos los servicios de captación de señales y no se descifraran las comunicaciones por radio procedentes de los soviéticos o con destino a ellos. Esta sorprendente decisión en tiempos de guerra ha sido confirmada, entre otras fuentes de autoridad, por Sir Jock Colville y por Christopher Andrew. Aunque parezca lo contrario, la Historia es la única institución que no se deja manejar por los humanos porque pertenece al reino del tiempo, y el tiempo está fuera del alcance de los mortales.

2.  A escena el general de la suerte 

Volvamos unos cuantos años atrás. Otro personaje bien informado de los asuntos en Europa no era todavía político profesional -llegaría a serlo en grado sumo-, sino el general más prestigioso de España. Francisco Franco, el ocho de marzo de 1936 -la víspera de partir para ocupar su destino al frente de la Capitanía General de las Islas Canarias- asistió a una reunión de conspiradores en casa de José Delgado, un financiero amigo de Gil Robles, a la que acudieron los generales Mola, Varela, Fanjul y Orgaz, y el coronel Valentín Galarza. Unánimemente acordaron dar un golpe de estado contra la República, y que lo encabezara Sanjurjo. Mola fue nombrado director del Alzamiento, y Galarza sería su enlace. (Nota anticipada: de los cinco, cuatro terminarán enfrentándose a Franco en 1943. El primero, que también se arrepentiría de haber contado con él, no pudo hacerlo: Mola moriría en un accidente aéreo en 1937.) En ese mismo mes Sanjurjo había viajado a Berlín, acompañado de Juan March, para negociar con los fabricantes de armas la seguridad del suministro en el caso de que el golpe degenerara en guerra civil.

Al salir de la reunión conspiratoria, Franco fue al encuentro de su mujer y de su hija, y con ellas y con su primo Francisco Franco Salgado Araujo, Pacón, se dirigieron a la estación de Atocha para tomar el tren a Cádiz. Esa fue la última vez que estuvo en Madrid como un simple general. Tardaría en volver poco más de tres años. En ese intervalo habrían de morir de una u otra forma un millón de españoles.

Franco tenía una visión dramática de lo que iba a ocurrir. Aquello no sería ni siquiera el golpe cruento que planeaba Mola, en el que habría que hacer uso de la máxima violencia, sino algo mucho más indescriptible. Exactamente a su llegada a Cádiz, le confesó a su primo que los conspiradores se equivocaban al creer que el golpe sería rápido. Al contrario, dijo: Será muy difícil y muy sangriento y durará bastante. Pero no hay más remedio que hacerlo para adelantarse al movimiento comunista, que está muy bien preparado y pendiente de la orden de los soviets  para desencadenarlo. Había sido ganado para la teoría de la Conspiración alimentada por la Entente de Ginebra, la misma que nutrió al Führer. Ambos fueron objeto de una manipulación descarada por parte de las grandes potencias. 

En enero de 1936, en el viaje de regreso de Londres, donde había asistido a los funerales del rey Jorge V de Gran Bretaña, Franco comentó a su acompañante, el agregado militar de la embajada española en París, que el Frente Popular era una creación del Komintern y serviría de caballo de Troya para instaurar el comunismo en España. Añadió que el ejército debería estar preparado para impedirlo. Es cierto que el desorden social estaba llegando en nuestro país a un punto de difícil retorno hacia el apaciguamiento, pero no lo es menos que era producto de un totum revolutum en el que se mezclaban la lucha feroz de clases con la intransigencia de la patronal catalana, contestada por los anarquistas; la irrenunciable resistencia de los poderes oligárquicos -el sector financiero y la aristocracia latifundista- a perder sus privilegios; el contumaz espíritu de cruzada que pervivía en la jerarquía católica y en las órdenes religiosas, últimamente resueltas a no perder el monopolio de la enseñanza; y el entusiasmo colectivo de los jóvenes burgueses de las ciudades por el romanticismo revolucionario de los gestos y de las actitudes: pistola al cinto, manos alzadas y marchas militares, fabricando así la nostalgia imperial de tiempos que no podían ni debían volver. España entera había decidido arder por sí misma, inmolarse al dios del irracionalismo o al destino del racionalismo destructor. 

El Partido Comunista era una fuerza insignificante. No tenía vocación alguna de ser caballo de Troya porque nació cuando en Moscú ya habían triunfado las tesis estalinistas del socialismo en un solo país. Hubo muchos caballos de Troya que se engordaron en las cuadras de los círculos oligárquicos internacionales y que alentaban la conflagración mundial porque para ellos la guerra siempre será el mejor de los negocios. Cuanto más larga y destructora, más y mejor conviene a sus intereses. El peligro comunista -su versión moderna es el terrorismo internacional- podía haber sido desactivado en España sin necesidad de aniquilar sistemáticamente a la clase obrera para prevenir el virus infeccioso. La acción planificada de continuas matanzas, constitutivas objetivamente de un delito de genocidio de lesa humanidad, fue perpetrada por Franco y por sus generales africanistas con el único pretexto moral de combatir un mal mayor. Y lo hicieron habiéndose asegurado antes su propia paga. 

 

Con esos presentimientos llegó Franco, acompañado de su familia, a las islas Canarias. El buque Dómine -propiedad de March¸ bautizado con el apellido de un empleado suyo- arribó a Las Palmas el 11 de marzo, donde fue recibido por el gobernador militar de las islas, el general Amado Balmes, a quien le quedaban poco más de cuatro meses de vida. Visitaron la isla y volvieron de nuevo al barco, que emprendió la ruta de Tenerife, sede de la comandancia militar de las Islas, que iba a ser su residencia. El metódico general, involucrado en una conspiración que presentía larga y sangrienta, se ocupó de sus deberes militares… y de tomar clases de inglés, tres veces por semana, de una paciente profesora, Dora Lennard. Se volvió aficionado al golf y, lo que no deja de ser un dato para penetrar en su complejo mundo psicológico, a principios de julio de 1936 se planteó tomarse unas vacaciones en Escocia para mejorar su swing. 

3. Objetivo secreto: matar a Franco en Canarias.

 

Los primeros intentos de eliminarle físicamente se remontan a su estancia en Tenerife. Desde su llegada a la isla fue sometido a una estricta vigilancia por la policía y los servicios de información de los partidos políticos de izquierda. El ministro de la Guerra ordenó a las secciones correspondientes que siguieran y anotaran todos sus pasos. Las llamadas recibidas en su despacho y en su residencia particular eran escuchadas y registradas por los agentes. En los numerosos actos sociales a los que acudía, introducido por su hombre de confianza el comandante Lorenzo Martínez Fuset y su esposa, había agentes que escuchaban sus palabras, interpretaban sus gestos y evaluaban sus movimientos. Preston recoge que dentro de su cuartel general corrieron rumores de que era probable un intento de asesinato. Franco Salgado-Araujo y el coronel Teódulo González Peral, jefe del estado mayor de la División, seleccionaron a los mejores oficiales de confianza para establecer un cinturón de seguridad. Franco creó una leyenda en torno suyo al declarar que Moscú había intentado matarle dos años atrás. Se refería a 1934, cuando llegó a ser una de las personas más odiadas por la cruel represión que organizó en Asturias. No hacía falta que Moscú decretara su muerte: cualquier minero asturiano habría deseado hacerlo. Poco antes de la guerra una edición del Mundo Obrero, órgano del comité central del Partido Comunista, publicaba su fotografía ocupando toda la portada, con el título: Ave, César, los que van a morir te saludan. Franco interpretó el texto como una incitación a su asesinato.

El golpe de estado encontró en el ejército de África el feroz instrumento que necesitaba para eliminar compatriotas. Los jefes militares habían sido entrenados en los métodos más atroces, poseían una ideología radicalmente extremista, agresiva y colonialista. Su esencia era el odio al enemigo, en su manera de concebir la guerra no entraba el concepto de hacer prisioneros, sino el de liquidarlos en el acto, mutilarlos y exhibir sus sangrientos despojos. El agente de Mola en África, responsable de la preparación del Alzamiento, fue el teniente coronel jefe de la 2ª legión del Tercio, Juan Yagüe Blanco, y sus principales colaboradores fueron los también tenientes coroneles Gautier, Seguí Almuzara, Sáenz de Buruaga, Losas y Beigbeder, quienes se ocuparon de levantar las guarniciones de Ceuta, Melilla, Tetuán, Larache y la delegación de Asuntos Indígenas en Tetuán. El teniente coronel Seguí Almuzara residía en Melilla, donde había llegado tras renunciar a su puesto de agregado militar en la embajada española en París, y acogerse a la Ley Azaña. Gran conocedor de los entresijos marroquíes y hábil políglota, gozaba de enorme prestigio entre sus compañeros y había desempeñado importantes misiones en las embajadas de España en Paris y Bruselas. Fue el alma del Alzamiento en Melilla. En Villa Sanjurjo, en estrecha conexión con Yagüe, dirigían los hilos de la conspiración el coronel de infantería Juan Bautista Sánchez, interventor regional del Rif (más tarde represaliado por Franco, y muerto en extrañas circunstancias por su participación en un complot contra el dictador), y su oficial de confianza, el capitán de estado mayor Juan Menor Claramunt.

El 25 de mayo Mola dio a conocer a los conjurados su segunda instrucción, en que detallaba la importancia de la coordinación de los diversos alzamientos regionales, seguidos de ataques concertados contra Madrid desde las provincias cercanas. El 30 de mayo un emisario del general Goded, el capitán Bartolomé Barba, se desplazó con todas las cautelas a Canarias. Los conjurados no estaban completamente seguros de la predisposición de Franco, a quien en tono despectivo llamaban Miss Canarias 1936, ofensa que, andando el tiempo, deberían tragarse de la manera más amarga. Serrano Suñer, durante algunos años su persona más allegada, llegó a divulgar el asombroso deseo de su cuñado: en realidad le hubiera gustado trasladar su residencia al sur de Francia y dirigir la conspiración desde allí.

El 23 de junio, cuando el hecho de la preparación del golpe de Estado la cono-cían hasta las ratas, Franco escribió su famosa carta al presidente del consejo de ministros Casares Quiroga, advirtiéndole del peligro de una sublevación a causa del estado de descomposición política generalizada. Se ha especulado hasta la saciedad sobre las intenciones reales que le llevaron a escribir un texto que podía ser interpretado de una manera y de su contraria, constituyendo un modelo extraordinario de ambigüedad del que ha quedado, en la hagiografía del dictador, la versión de un último servicio a España y una descarga de conciencia por las acciones que el sanguinario personaje tomaría a continuación.

En la instrucción de Mola sobre Marruecos se describe la necesaria implicación de Franco. El sería el prestigioso general que se haría cargo del ejército de África una vez que se hubiesen levantado. Así se lo hizo saber a Yagüe, que a pesar de que le veneraba, no terminaba de fiarse de Franco, y tuvo la brillante idea de sugerir que se pusiera a su disposición un avión para que no pretextase quedarse en Canarias alegando que no podía  llegar a Marruecos. El 29 de junio, tras reunirse con Franco, Yagüe, emprendió un complicado viaje hasta Pamplona para comunicarle la idea a Mola. Mola se mostró reticente sobre las verdaderas intenciones de Franco, pero consultó la idea con Kindelán, y a éste le pareció magnífica. El 3 de julio Mola autorizó a Francisco Herrera, diputado de la CEDA, a trasladarse a Biarritz para buscar financiación entre los monárquicos exiliados.

Los acontecimientos se precipitaban. Al atardecer del sábado 11 de julio de 1936, se reunieron en Ketama todas las fuerzas del norte de África, que habían participado en unas maniobras (!) al mando del general-jefe de la circunscripción oriental Manuel Romerales, quien asistió impotente a las idas y venidas de los conspiradores. En la noche del 13 de julio, Yagüe comunicó al -así llamado- Director General del Movimiento... que el próximo 16 de julio estarían todas las fuerzas de maniobras en sus respectivas bases, y que todas ellas tenían misión concreta para dar principio a su ejecución tan pronto como se recibieran las órdenes que impacientes aguardaban. La carta secreta de Yagüe concluía de esta guisa: Todos, y especialmente Sánchez, dicen que debe venir Franco, para hacerse cargo de la Alta Comisaría, y evitar transcienda el movimiento al campo. Aquí todo está listo; sólo necesitamos mando y barcos. He recibido por carta la orden de ponerme en movimiento el día 14, y otra, al mismo tiempo, aplazando la cosa. Si esta segunda se pierde, se arma lío. Esto no puede ser; insisto en que el día y la hora deben mandarse a priori, y traerlo en mano, por dos personas de confianza, mejor que por una. Tengo todo preparado, los bandos de guerra escritos. No dudo un momento en el triunfo. El espíritu de todos, magnífico. Ma-do, barcos, y ¡adelante! ¡Viva España!

El 16 de julio un emisario de Sánchez González, el teniente Chacón, le comunicó personalmente a Ríos Capapé, comandante en jefe del Tercer Tabor de Regulares, acuartelado en Vélez de la Gomera, que el Movimiento Nacional proyectado iba a comenzar de un instante a otro, posiblemente el 17 a las 17. Al amanecer del 17 de julio las tropas se alzaron en la alcazaba de Snada. Muy próxima la hora de las cinco de la tarde, Ríos recibió la esperada llamada del coronel Juan Bautista Sánchez comunicándole que se había autoproclamado jefe del territorio del Rif, y que podía marchar hacia Villa Sanjurjo. Acababa de empezar el Alzamiento. 

Alrededor de las seis y cuarto de la tarde, el teniente de la Guardia Civil y Carabineros Gerardo Gutiérrez Armesto, al mando de tres parejas de guardias, penetró pistola en mano en el despacho de la alcaldía de Melilla y detuvo a los concejales del Frente Popular, que a las ocho de la tarde iban a proceder a nombrar alcalde al ex-sacerdote socialista Diego Jaén. A las diez menos cuarto de la noche los guardias civiles fueron sustituidos por una sección de regulares, destinada a ocupar definitivamente el ayuntamiento, de cuya presidencia se hizo cargo -por orden del coronel Solans- el secretario de la Unión Gremial, José Marfil García. A esas horas de la noche del 17 de julio Melilla estaba en poder de los sublevados. El golpe de estado había empezado catorce horas antes de lo previsto. Tal desfase arruinaría el factor sorpresa del golpe y se-ría la primera causa de lo que se avecinaba: una larga y sangrienta guerra civil, mane-jada a su antojo por el general Franco para mayor gloria y ventaja suya, y de los que en las esferas internacionales estaban detrás de él iluminando el terreno sobre el que iría colocando sus pasos, uno tras otro. El general tuvo el privilegio de fingir antojo o estrategia propia en lo que era adecuación plena a un plan del que era tan sólo, y no es poco, valioso instrumento.

En poco más de diez y seis horas quedó en manos de los sublevados todo el protectorado y las plazas de soberanía española, y con ellas un número importante de militares que no quisieron participar en aquella acción contraria a la legalidad. 

4. Tras la pista del Dragon Rapide para atentar contra el general rebelde

¿Qué estaba haciendo Franco en las horas decisivas, cuando se inicia el Alzamiento en África? ¿Por qué tardó tanto tiempo en asumir el mando que le ofrecieron los jefes sublevados en Marruecos? Contestar a esa pregunta significa revelar las claves de uno de los mayores enigmas de la contienda y, sin duda, la clave de la larga y cruenta duración de la guerra civil.

Todas las fuerzas de la conspiración están activas, cada uno de los cabecillas militares y políticos de la rebelión ocupa su sitio y actúa de acuerdo con un plan. La sucesión de hechos es en apariencia desconcertante en cuanto a la actitud de Franco, pero revela lo que hay en el trasfondo. Su fiel ayudante, el teniente coronel jurídico Lorenzo Martínez Fuset, se había ocupado de poner a buen recaudo a su esposa y a su hija. No era el futuro lo que le preocupaba, sino lo que pudiera ocurrir en las próximas horas. Era el mejor estratega en la guerra y había dado innumerables pruebas de valor. Como buen general sabía que el peligro a temer estaba en lo imprevisto, en lo que se movía entre sombras, y tenía razones para sospechar que había muchos interesados en seguirle los pasos. Durante los primeros días de julio Franco se hace asegurar su futuro personal y toma garantías económicas. Juan March designa al comandante Tomás Peire, ex-diputado radical y antiguo colaborador de Azaña siendo éste ministro de la Guerra, para dar garantías a Franco de que se le compensará económicamente en caso de que fracase el golpe. 

El 11 de julio, el Dragon Rapide, financiado por March, sale de Croydon, un aeródromo a las afueras de Londres. El alquiler incluye una póliza de seguro a todo riesgo a favor de Francisco Franco por 10.000 libras. El 12 de julio sobrevuela Portugal y aterriza en Casablanca. Las plazas africanas eran entonces un hervidero de agentes al servicio de los gobiernos con fuertes intereses en la región, pero de momento, Franco se hallaba en lugar seguro: en el extranjero, a bordo de un avión cómodo y veloz. Desde Casablanca Franco le envía un telegrama a Kindelán, que se hallaba en Madrid, para decirle que no se daban las condiciones adecuadas para el Alzamiento. Al día siguiente, Kindelán remite el telegrama a Mola, quien se encoleriza sobremanera. Hace una bola con el telegrama y lo arroja a la papelera en medio de las más tremendas imprecaciones. Ya recuperado, toma la decisión de que se localice al piloto J. A. Ansaldo para que lleve a Sanjurjo a Marruecos. Ese mismo día es asesinado en Madrid Calvo Sotelo. El 14 de julio llega el Dragon Rapide al aeropuerto de Gando de Gran Canaria. Ya en Tenerife, Franco se desdice y acepta entrar en la rebelión. Dos días después tendrá ocasión de volver en barco a Las Palmas para asistir, el día 17, al funeral del gobernador de Canarias, muerto en extrañas circunstancias. Después de comer, se encierra en su hotel. A las tres de la tarde recibe un  telegrama del coronel Solans, comunicándole el triunfo del Alzamiento en Melilla. Franco permanece inactivo toda la noche. El general Cabanellas dirá textualmente que estuvo agazapado en el hotel, pero esto no debe significar que lo hiciera por miedo. Decide salir y se dirige al gobierno militar, donde el general Orgaz ya ha logrado que la guarnición de las Palmas se adhiera al Alzamiento. A las 10 de la mañana del día 18 recibe otro telegrama que le envía Saénz de Buruaga desde Tetuán notificándole el triunfo de la sublevación en Marruecos. Una hora después se decide a subir al Dragon Rapide, dirigiéndose al aeródromo en un remolcador de la marina, a pesar de que la carretera está expedita. Emprende entonces el vuelo rumbo a Tetuán, donde no aterrizará hasta las 7 de la mañana del día siguiente, 19 de julio, cuando ya arde toda España y sus posesiones en Marruecos. El bimotor había aterrizado en Agadir para repostar carburante, lo que era una medida supletoria de seguridad. En esa operación invirtieron dos horas. Ya entra-da la noche, el avión aterrizó en Casablanca donde Luis Bolín esperaba al general des-de hacía tres días. Blanco Escolá aporta un dato sorprendente: En el diario La Depèche Marocaine se anunciaba que nuestro general volaba de Canarias a Marruecos para sofocar la rebelión, noticia un tanto insólita ciertamente, aunque con personas como él cualquier cosa podía suceder. De hecho, Gil Robles y Thomas han publicado que en el viaje portaba, además de un pasaporte diplomático, una carta dirigida al jefe de gobierno en la que manifestaba su propósito de trasladarse a Madrid para defender a la República contra los sublevados. Franco tenía pues motivos para inquietarse, e hizo lo que mejor convenía a su seguridad personal y a la misión que se le había encomendado.

Muchos años después se sabrá que esa noche había llegado a Casablanca desde Tánger un grupo de republicanos mandados por un tal Cerdeira. No se tienen muchas noticias de todo este confuso asunto, narrado por el escritor falangista Tomás Borrás. Con su prosa altisonante -que refleja estar al tanto de algunos entresijos no confesados hasta entonces, e inconfesables en el futuro- ofreció en su enigmático artículo publicado en ABC, precisamente el 18 de julio de 1958,  algunos indicios de que en los aeródromos franceses de Marruecos se había dado la voz de alarma sobre el vuelo del Dragon Rapide, y quizás ofrece una clave para explicar la  extraña ruta del general conspirador: Hay que detener ese avión y asesinar a Franco. Los pistoleros son convocados por sus capitostes. Reposta el bimotor en Agadir. Sin novedad. Los frentepopulistas no disponen allí de muchos elementos. Casablanca es la estación peligrosa. De Tánger había salido una cuadrilla de asesinos para Casablanca, al mando de Cerdeira, mientras en el aeródromo de Tánger esperaba otro gang, y a Casablanca llamaban por todos los procedimientos los frenéticos timbres de alarma de Madrid. Se esquiva el riesgo por adelantarse el avión a los cálculos de los criminales. A las cuatro y media de la madrugada (del 19 de julio) surgía a las nubes de la plaza, desde el suelo, bien provisto de gasolina, el bimotor que conducía a un Caudillo. Era poco antes de que a toda marcha se precipitase el auto de Cerdeira y sus cerdeiros hacia la pista desierta, aun resonando en el aire el zumbido de los motores.

¿Y quién es este Cerdeira al que tan despectivamente trata el periodista entusiasta de Franco? No es otro que el erudito arabista del Alto Comisariado Español en Marruecos Clemente Cerdeira Fernández, nacido en Portbou en 1887, y muerto en Niza en 1942, a quien los marroquíes llamaban Taleb (sabio) Abderrahmán Cerdeira al Andalusi. Había pasado un año y medio con el sultán de Fez para perfeccionar el árabe que ya dominaba, y aún adquirió mayores conocimientos en la Universidad maronita de Beirut. En 1931 ingresó en la carrera diplomática, tras haber servido de intérprete oficial en el consulado español de Tánger, y nombrado intérprete mayor de la Alta Comisaría Española en Tetuán. En 1933 fue nombrado secretario diplomático de primera clase, y pasó por las embajadas españolas de Ankara, El Cairo y Tánger. En 1936 fue nombrado cónsul general de España en Tánger, luego pasó a Casablanca y de allí a Newcastle y Liverpool. Nunca consiguió regresar a España, a pesar de las gestiones que hizo a través de la Cruz Roja Internacional. 

Fiel a la República hasta el final de sus días, fue una de las personas más odiadas por los jefes militares de las fuerzas de ocupación de Marruecos que se alzaron contra el gobierno legítimo. Trabajó en la clandestinidad para oponerse al golpe que fraguaban los militares en Marruecos. No han aparecido datos fehacientes de que dirigiera un atentado contra Franco en esos días -y menos sirviendo de acompañante a un comando formado por militantes comunistas-, pero sí es cierto que participó en una operación de gran envergadura a favor de la República. Trabajó intensamente para intentar que las kábalas del Rif se alzaran contra los militares golpistas. Yagüe y los suyos fueron a detenerlo, y al no encontrarlo arrestaron a su esposa, Encarnación García de la Torre, y a sus tres hijos con amenaza de fusilarlos. Los rebeldes se incautaron de todos los bienes de Cerdeira, entre ellos el manuscrito Elementos de Religión y Derecho Musulmán que hicieron desaparecer.

Que el levantamiento se produciría en África era algo que sospechaban y temían los más conspicuos dirigentes republicanos. Las células del Partido Comunista en Ceuta y Melilla, muy activas pero poco numerosas, se mantenían alerta. 

 

 

5. Tropa heroica y desafortunada. El atentado de Ceuta

Poco a poco van aflorando noticias de lo que sucedió en Ceuta en los días previos al Alzamiento. El historiador Francisco Sánchez Montoya ha logrado recomponer lo ocurrido al filo de la medianoche del 17 de julio, cuando las tropas del acuartela-miento legionario de Dar Riffien, al mando del teniente coronel Juan Yagüe, recibieron la orden de tomar Ceuta. Los diferentes cuerpos militares se distribuyeron para controlar la ciudad y al regimiento de infantería del Serrallo nº 8 de Ceuta se le ordenó salir a la calle para defender a España. La característica principal de los acuartelamientos africanos era la absoluta disciplina que imperaba en ellos, contagiados por el ejemplo de la Legión. Los soldados se vieron obligados a secundar a sus jefes en los cuarteles donde estos se sublevaron, mientras que permanecieron fieles en sus puestos aquellos cuyos jefes no la secundaron. Salirse de este esquema, invirtiendo los términos, era cuestión de coraje y de verdadero heroísmo. Tal fue el caso de los cabos veteranos José Rico y Pedro Veintemillas, quienes en su ronda por las calles de Ceuta observaron cómo patrullas de falangistas detenían a civiles y asaltaban varias sedes de partidos políticos. A esas horas ya había triunfado el alzamiento en Melilla y los carteles con el bando de la declaración del estado de guerra, firmado por el general Franco, se exhibían en las calles más frecuentadas y en los edificios públicos. 

Narra el profesor Sánchez Montoya que cuando Rico y Veintemillas volvieron al cuartel, en las primeras horas del 18 de julio, se reunieron en un pequeño reducto de la compañía con los también cabos veteranos Anselmo Carrasco y Pablo Frutos. Según datos recogidos del sumario, durante varias horas estudiaron cómo frustrar el alzamiento, pero no fue hasta un segundo encuentro durante el mismo día cuando el cabo Rico presentó el plan para matar a Franco. Su capacidad de maniobra era muy limitada y no había tiempo para decidir un plan mejor. Los conjurados eran conscientes de que tenían muchas posibilidades de no salir con vida del intento, pero si lograban dar muerte al jefe de la sublevación antes de caer ellos mismos en la refriega, habrían ahorrado mucho sufrimiento a la nación. 

El plan consistía en que cuando Franco entrara en el patio central del acuartelamiento para revistar las tropas, el cabo Rico, jefe del complot, le dispararía. Los demás implicados, desde la primera planta del cuartel apuntarían al resto de militares para inmovilizarlos. Acto seguido, otro grupo saldría hacia la ciudad para informar del atentado y recabar el apoyo del pueblo. En la tarde del 18 de julio el cabo Rico pidió entrar de guardia en la puerta principal del cuartel, con el fin de ser el primero en enterarse de la llegada de Franco. Compartía vigilancia con el cabo Rodríguez, quien confesaría en el consejo de guerra: 

- José Rico me preguntó qué me parecía el Movimiento. Le contesté que llevaba dos días de servicio y que no me había informado, y él respondió que este movimiento iba contra el gobierno, y que si nosotros fuéramos hombres deberíamos ponernos a favor de ellos e ir contra nuestros oficiales y jefes. Añadió que ya había implicado a los seis centinelas de la guardia. Y en el momento en que empezaran los disparos, me tenía que poner a las órdenes de Anselmo Carrasco y Pedro Veintemillas. 

Según el historiador Sánchez Montoya, los cabos y soldados implicados en la intriga lo tenían todo planificado. Es lástima que no se tengan más detalles de ellos, pues su acción demuestra entre otras cosas que manejaban información adecuada. Sabían que Franco aterrizaría en Tetuán y en unas horas llegaría al cuartel de Ceuta. La conspiración se rompió por el lado más débil. Los cabos tuvieron que contar con la complicidad de soldados jóvenes y uno de éstos, asustado sin duda por la magnitud de la empresa, decidió delatar a sus compañeros. Quizás no quiso provocarles daño, sino que su ingenuidad le llevó a intentar convencer al coronel jefe del cuartel para que participara en el complot. Éste, alarmado, avisó al cuerpo de guardia y echó por tierra el complot horas antes de la llegada de Franco. Las detenciones no tardaron en sucederse y, según se detalló en el consejo de guerra, el total de acusados fue de más de 50 militares y civiles. La Guardia Civil se hizo cargo de los detenidos, quienes, custodiados por la legión, fueron trasladados a unos viejos barracones para tomarles declaración. Así lo recuerda uno de los supervivientes, el anarquista Sánchez Téllez: 

- Entré en un pequeño despacho sin ventanas y un brigada me tomó la filiación y comenzó a interrogarme. Aún no había terminado la primera pregunta cuando sobre mi espalda sentí un golpe de vergajo. Para que me recuperara me echaban agua de un botijo, pero yo lo negaba todo. 

Hasta las tres de la madrugada del 20 de julio los acusados estuvieron en los barracones declarando. Más tarde los hicieron subir a un camión, los colocaron de rodillas y los trasladaron a la fortaleza-prisión militar del Monte Hacho, también en Ceuta. 

El 26 de julio empezaron los autos de procesamiento. El juez teniente coronel Ramón Buesa fue tajante en su exposición: Según se desprende de lo actuado entre algunos cabos y soldados del Regimiento de Infantería, existía complicidad para la organización de un movimiento sedicioso con el fin de atentar contra la vida del excelentísimo señor jefe de las Fuerzas Militares Francisco Franco Bahamonde. En la madrugada del 21 de enero de 1937, cuando aún no se había celebrado el consejo de guerra, una patrulla de falangistas llegó a la fortaleza del Hacho. Con total impunidad, sacó de sus celdas a los cabos Veintemillas y Marcos. Horas después sus cuerpos yacían, con un tiro en la cabeza, en el depósito de cadáveres del cementerio, donde fueron enterrados en una fosa común. Dos meses más tarde, todos los detenidos fueron trasladados al cuartel de sanidad, donde se celebró el consejo de guerra. Lo presidió el teniente coronel Ricardo Seco. El juez permanente, teniente coronel Buesa, dictaminó el veredicto de culpabilidad.

- Fue un juicio aparente, sin testigos ni nada -cuenta Téllez-. Lo que más me quedó de la sentencia fue que el juez se levantó de su asiento y, con voz ronca y odio, nos dijo: No sois españoles, sois todos unos cobardes traidores a la patria, a lo que el cabo Rico replicó: Juré defender una España democrática y la defiendo porque soy español; los traidores a la patria sois vosotros. 

El epílogo de esta inédita conjura lo pone la muerte de un grupo de militares fiel a la República y que esperaba que con la muerte de Franco en su acuartelamiento se detuviera la sublevación de sus mandos. Podría haber cambiado la historia de España, pero lo único cierto es que, en la madrugada del 17 de abril de 1937, fueron fusilados el sargento Garea, los cabos Rico, Carrasco y Lombau y el soldado Navas. La ejecución fue obra de un piquete del grupo de regulares de Ceuta en el exterior de la fortaleza del Monte Hacho, situada en la Puerta de Málaga.

6. Cosas de familia. El fusilamiento del comandante Bahamonde

Unas horas después de su aterrizaje en Tetuán, en la mañana del 19 de julio, Franco fue rápidamente informado de la actitud de su primo el comandante Bahamonde en contra del Alzamiento, y su situación en calidad de detenido por oponerse a la sublevación. 

Ricardo de la Puente Bahamonde era primo hermano del general Franco, pero sus ideas políticas no podían ser más dispares. La sobrina del general, Pilar Jaraiz Franco, escribiría sobre ellos en su libro Historia de una disidencia: Eran más hermanos que primos, pero de adultos se habían agudizado sus diferencias ideológicas. Franco le había destituido de su puesto durante la revolución de Asturias de 1934. Y en una de sus muchas discusiones, parece que llegó a exclamar: ¡Un día voy a tener que fusilarte!

Ricardo, nacido también en El Ferrol, era tres años más joven que su primo Francisco, y como él, realizó su carrera militar en Marruecos. En 1922 fue destinado como capitán a Larache y resultó herido en una acción de guerra. Ese mismo año fue muy intenso también para su amigo y compañero de armas, Virgilio Leret. En junio Leret es ascendido a teniente, y en agosto a ayudante del 2º batallón, con el que regresa a Ceuta en septiembre. En noviembre participa en la campaña de Ben Karrish, y en noviembre se le concede la Cruz del Mérito Militar por los distinguidos servicios prestados y méritos contraídos en nuestra zona del protectorado de África. Tanto Ricardo como Virgilio son jóvenes militares profesionales que, al contrario que sus superiores, descubren el carácter colonialista y rapaz de la guerra de Marruecos, y pronto empiezan a conspirar para cambiar las cosas. En este aspecto destacaría Virgilio sobre su compañero y amigo, que será suspendido en empleo y sueldo por oponerse a la acción represora de su primo en los sucesos de Asturias de 1934. En febrero de 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular, fue rehabilitado gracias al decreto de amnistía promulgado por el presidente Azaña.

En abril del mismo año el gobierno izquierdista, necesitado de militares de confianza para ocupar ciertos puestos de gran responsabilidad en el norte de África, nombra a Ricardo comandante en jefe de las fuerzas aéreas estacionadas en Marruecos con base en el aeródromo de Sania Ramel en las inmediaciones de Ceuta. Al caer la tarde del 17 de julio, de la Puente ya sabe que ha caído en poder de los rebeldes la base de hidroaviones de Mar Chica, en Melilla, y el trágico fin de su compañero Leret, que es-taba a su mando. La máxima autoridad del protectorado, el general Gómez Morato había sido detenido, y todos los acuartelamientos de Ceuta estaban ya en poder de los insurrectos. Sólo continuaban fieles a la República él mismo y Álvarez Buylla, al frente de la Alta Comisaría del protectorado.

El historiador Francisco Sánchez Montoya, que ha rescatado la gesta del comandante Bahamonde, sostiene que éste estaba informado de que en la madrugada del 18 de julio sería atacado el aeródromo. En pocas horas su primo, el general Franco, debía aterrizar en Ceuta a bordo del Dragon Rapide, procedente de Canarias, para tomar el mando de los sublevados en el norte de África. Detuvo entonces a algunos oficiales implicados en el golpe y con los subordinados leales, unos veinticinco en total, comenzó a preparar la defensa del aeródromo. Instaló cuatro ametralladoras sobre una torreta e iluminó la carretera por la que podían llegar las fuerzas enemigas con los faros de todos los vehículos disponibles. Para dificultar aún más la llegada de las fuerzas del acuartelamiento de Dar Riffien, mandadas por el teniente coronel Yagüe, Bahamonde ordenó a uno de sus oficiales salir con varias camionetas hacia Ceuta y volcarlas en un puente cercano.

Aún brilló un rayo de esperanza cuando Álvarez Buylla se puso en contacto con él para decirle que desde la Alta Comisaría había logrado hablar con el presidente del gobierno y ministro de la guerra, Casares Quiroga. El gobierno, cuyas comunicaciones con sus dependencias en Marruecos estaban siendo interrumpidas por los rebeldes, llegó a anunciar que iba a enviar aviones de refuerzo. La orden era resistir a toda costa. Un soldado republicano que se distinguió por su iniciativa en dar la alarma fue Andrés Sánchez Mármol, quien desde su destino de operador de radio en el aeródromo de Tarima, en Nador, se puso en contacto con diversos acuartelamientos  para dar parte de la rebelión.

A eso de las 11,30 de la noche el comandante Bahamonde dio orden de marcar el campo de aterrizaje con hogueras a base de trapos y bidones de gasolina, y designó a un pelotón para que vigilaran la pista. El teléfono volvió a sonar a las dos de la madrugada, ya del 18 de julio. Esta vez era el jefe de la sublevación en Tetuán, el teniente coronel Sáenz de Buruaga el que estaba al otro lado del hilo. Si Bahamonde no deponía su actitud, una columna de artillería y un tabor de Regulares atacarían el aeródromo. Los aviones de Madrid seguían sin llegar, pero Bahamonde se mantuvo firme. Tal y como quedó reflejado en el consejo de guerra que se le formó después, el comandante no dudó en contestar: ¡Tendrán que pasar por encima de los que defendemos al gobierno legítimo de la República! ¿En nombre de quién me ordena usted que me rinda? ¿Quién es usted para darme semejantes órdenes? Dos horas y media después Sania Ramel estaba rodeado, y el asedio duró menos de una hora. 

Las fuerzas atacantes, dice Sánchez Montoya, tuvieron mucho cuidado en no dañar la pista de aterrizaje que sería utilizada horas después por el avión que traía al general Franco. Una vez iniciado el ataque, enseguida empezaron a registrarse las primeras bajas entre los hombres de Bahamonde, y el comandante no tardó en comprender que nunca llegarían los aviones prometidos por Casares Quiroga, que resistir sólo serviría para aumentar el derramamiento de sangre, y que esta vez su primo había ganado la partida. Sin embargo, antes de entregarse ordenó a sus hombres que inutilizasen varios aparatos Breuguet 19, agujereando los tanques de gasolina, los radiadores y rajan-do las ruedas del tren de aterrizaje para que no pudieran ser utilizados por las tropas sublevadas. Esa acción retrasaría la posibilidad de enviar tropas a la península. A las 5,30 de la madrugada sacó bandera blanca y entregó sus armas al comandante de Regulares Serrano Montaner. Bahamonde y todos sus hombres fueron detenidos y trasladados a la fortaleza del Monte Hacho de Ceuta.

El proceso sumarísimo contra el comandante Bahamonde se tramitó el mismo 18 de julio. Se deseaba cuanto antes tener una sentencia, y así fue como el 2 de agosto se celebró el consejo de guerra. A las pocas horas de escuchar las acusaciones, y ante una defensa inexistente, fue condenado a muerte por traición. El 3 de agosto se envió a Franco el fallo para que, como máxima autoridad, aportara su enterado y firmara la ejecución o el indulto. El general debió de pensar que cualquier condena que no fuera la ejecución sería considerada un signo de debilidad, pero firmar la sentencia de un familiar tan cercano podría ser inquietante. Y no lo hizo. Decidió ceder su firma al segundo jefe, Luis Orgaz, quien la rubricó. El comandante Puente Bahamonde fue fusilado el 4 de agosto de 1936, en los muros exteriores de la fortaleza del Monte Hacho. Eran las cinco de la tarde. 

Dice Sánchez Montoya que, tras haber investigado y consultado cientos de procesos, no consta que durante la represión en Ceuta tuviera lugar ejecución alguna por la tarde. Estaba claro que querían dar por cerrado cuanto antes este consejo de guerra, concluye. El 15 de agosto, un capitán de ingenieros con destino en Aviación de nombre Enrique Puente Bahamonde comparece ante el Juzgado Militar permanente de Melilla para prestar declaración sobre las actividades de sus amigos, los alféreces Armando Corral y Luis Calvo, fusilados junto al capitán Leret. Los rebeldes estaban montando un juicio-farsa para acusar con efectos retroactivos a los fusilados por haber intentado dar un golpe revolucionario en Melilla. 

 

 

7. Descorriendo el telón: Los amigos ingleses protegen a Franco. 

Resta por saber si el almirante Carrero Blanco era tan sincero como Franco en la pregonada anglofobia de que ambos hacían gala, según la cual todos los desastres de España procedían de las conspiraciones antiespañolas de la pérfida Albión. Es lo que hicieron creer a los españoles durante toda la Dictadura. Parece sin embargo que la obsesiva anglofobia puede ser la tapadera para esconder una realidad bien distinta. En un programa emitido por la BBC el 14 de marzo 2007, Mark Thompson presentaba la irrefutable evidencia de que un poderoso grupo de aristócratas, financieros y líderes ingleses se puso del lado de Franco, fiándose en su propia persona porque encarnaba sus ideales.

Algunas fuentes de la inteligencia británica dicen que una de las principales razones para apoyar al general de la suerte fue el deseo de las grandes petroleras- anglo-americanas y holandesas- de mantener Gibraltar en manos amistosas. Desde la Roca, se controla el punto crucial de la ruta del petróleo del Mediterráneo al Atlántico. 

El capitán de navío Alan Hillgarth además de informar desde Palma de Mallorca a Londres, durante la guerra civil, sobre los movimientos de los buques italianos en el Mediterráneo, jugó un papel determinante en lograr la rendición de Menorca. El historiador Pere Ferrer, en su libro Juan March: La cara oculta del poder, reveló que Churchill le entregó a Juan March millones de libras de fondos reservados para enfriar el entusiasmo de los generales españoles por entrar activamente en la guerra mundial a favor de Alemania. El futuro confirmaría hasta la muerte del dictador el apoyo que los ingleses le prestaron desde el primer día. 

Lo cierto es que el vuelo del Dragon Rapid fue conocido y protegido por el servicio de inteligencia británico. El piloto era el capitán Cecil Bebb, agente del MI6, y el comandante Hugh Pollard (HS 9/1200/5), el jefe de vuelo. Thompson lo describe como un agente del MI6 de gran trayectoria, políglota, experto en armas y con experiencia en guerras y revoluciones. Había operado en Méjico y en Marruecos con cobertura de periodista, y en Irlanda, donde fue asesor de la policía durante los días tormentosos de los Black y los Tans, a principios de la década de 1920. Muy introducido en los ambientes aristocráticos por su gran pericia con la escopeta de caza, era editor deportivo de Country Life.  También según la BBC, nada menos que los cuatro hermanos Douglas Hamilton -quienes conformaban el principal escuadrón de la RAF- habrían ayudado con su presencia a que el Dragon Rapide despegara sin problemas. 

¿Fue el vuelo del Dragon Rapide una aventura privada de un grupo de conspiradores que actuaba por su cuenta, o estuvo amparado de alguna manera por el gobierno inglés? Resultaría muy difícil creer que los agentes secretos no hubieran informado al gobierno derechista de Stanley Baldwin, cuyas simpatías por Franco estarían a la par al menos de su profundo rechazo al Frente Popular de la república española.

Jerrold, el editor de la Revista Católica Inglesa, era miembro de la Asociación Nazi Anglo-Alemana que agrupaba a aristócratas, parlamentarios, banqueros y grandes compañías (ICI, Unilever, Dunlop, Tatel Lily…). En ella se habían infiltrado Guy Burgess y Kim Philby para montar su coartada pro-nazi. También pertenecía a Amigos de la España Nacional, que canalizaba la ayuda de los católicos a la España de Franco. Lord Redesdale, suegro de Sir Oswald Mosley, que pertenecía a la asociación  pro-franquista y a la pro-nazi Sociedad Anglo Alemana, proclamaba que Franco estaba dirigiendo una cruzada por lo mejor de lo que ellos, los católicos y  pro-nazis, representaban. El Conde de Glasgow dijo ante la Cámara de los Lores que las tropas italianas no deberían ser retiradas de España antes de haber cumplido la misión para la que fueron enviadas y se negó a apoyar una moción que censuraba a Franco por sus actos de represión tras entrar en Barcelona.

No eran las únicas organizaciones pro franquistas. El capitán, y miembro del Parlamento, Sir Archibald Maule Ramsay dirigía el Frente Cristiano Unido, junto al conde de Home  y proclamaba que el general Franco estaba luchando por la causa de la Cristiandad contra el Anti-Cristo. El hijo de Home, el parlamentario Lord Douglas, era secretario privado de Neville Chamberlain en la época de Munich. Sir Archibald estaba convencido de que el comunismo era el resultado de un complot judío. Fue detenido el 23 de mayo de 1940, junto a su asociado Tyler Kent por espionaje a favor de los nazis. Lord Douglas nos es más conocido como Sir Alec Douglas-Home. Fue primer ministro tory  por unos meses en 1963.

El comandante de Dragon Rapide, Hugh Pollard, sería nombrado en 1940 jefe de la estación del MI5 en Madrid, con lo que tenemos a un imprescindible colaborador del golpe de estado de los generales españoles dirigiendo los servicios de inteligencia británicos en la España aliada de Alemania. Representaba la llamada Section D (destrucciones) del Special Intelligence Service, fundada en 1938. 

 

 

8. Conspiración en Extremadura 

Un catalán planeó llevar a cabo un atentado contra Franco en Salamanca por el mismo procedimiento que intentarían seguir en otras ocasiones los que se propusieron eliminar al caudillo. Lo ha investigado el historiador José Luis Gutiérrez -que dirige la Universidad de Extremadura- y ha establecido que la conjura para matar a Franco se montó en la zona republicana y tuvo, como principal ejecutor a un joven mecánico catalán de 29 años llamado Jaime Ral Banús. Según el historiador -de quien procede toda la información sobre este atentado- el joven catalán habría llegado a Salamanca para rellenar de explosivos el alcantarillado y las tuberías de la sede episcopal. Un trabajo que había iniciado y no llegó a culminar. Para hacer volar el bunker del caudillo tenía asignado un presupuesto de 100.000 pesetas que resultó insuficiente. Ante la imposibilidad de acometer el plan íntegramente y en espera de nuevas órdenes, Jaime Ral se internó en Portugal para, desde allí, alcanzar la zona republicana extremeña. Su intención era llegar a Don Benito para así asegurar su vida y poder reiniciar el complot. En la documentación del Archivo de la Administración General del Estado se recoge que los contactos extremeños se iniciaron en Miajadas, ya ocupada por las tropas nacionales. El enlace del que se servía era Juan Francisco Conde Hortet, vigilante de una finca al que el joven catalán utilizaba para pasar correspondencia a la zona republicana y no perder contacto con el resto de los impulsores del atentado. La versión oficial de los hechos señala que Conde Hortet se puso al habla con un vecino de Santa Amalia, Francisco Minaya Morcillo, quien utilizó a su mujer María Casado y a su suegra, Serapia Carmona, para ocultar al cabecilla del atentado hasta que pudiera pasar a la zona republicana. 

Según consta en la causa del consejo de guerra seguida contra los cuatro extremeños, tras su paso por Santa Amalia, Jaime Ral y el enlace miajadeño fueron descubiertos cuando intentaban internarse en territorio bajo control republicano. En el trayecto entre Santa Amalia y Valdetorres, los dos fueron sorprendidos por fuerzas de caballería pertenecientes a unos escuadrones destacados en Guareña. Los detenidos fue-ron llevados ante Manuel Carracedo Blázquez, capitán de la Guardia Civil y responsable del servicio de información dependiente del cuartel general de la 21 División. Ral y Conde iban perfectamente uniformados de falangistas, lo que alertó a los agentes de la Benemérita que realizaban el control en la zona fronteriza entre ambos bandos, y les dieron el alto. Como documentación, los detenidos presentaron carnets de Falange -a nombre de Emilio Velasco Olivares, según consta en el archivo del centro penitenciario de Badajoz-, expedidos en Villanueva de la Serena. Las características de la acreditación, y el poco uso que se le había dado, levantó las sospechas sobre los dos supuestos falangistas, quienes fueron enviados a la cárcel de Almendralejo, donde quedaron incomunicados y sometidos a continuos interrogatorios. 

El capitán Carracedo llevó a cabo la investigación. El guarda de finca de Miajadas no superó la presión de los interrogatorios y unos días después de su detención apareció ahorcado con un cinturón. En la celda, junto al cuerpo sin vida, se encontraron unas notas que denunciaban la trama y las personas involucradas. Tras conocer la muerte del enlace extremeño, el interrogatorio del ideólogo catalán del atentado cambió de sentido y desveló las claves del plan para asesinar a Franco.

 

 

 

9. Franco en Salamanca. El complot de Hedilla. 

Entre octubre de 1936 y noviembre de 1937, una vez proclamado generalísimo, Franco instaló su residencia y su centro de mando en el Palacio Episcopal, que le fue cedido por monseñor Pla y Deniel. Luego se mudó al palacio del paseo de la Isla, propiedad del conde de Muguiro, donde permanecería hasta el final de la guerra. De he-cho, hasta la entrada victoriosa en Madrid se mantuvo la doble capitalidad de la España nacional: el gobierno y la capitalidad, como observó Ruiz Vilaplana, estuvieron en Burgos, pero el jefe del estado residía en Salamanca y mientras en Burgos radican los centros clericales y reaccionarios controlando los ramos de Hacienda, Trabajo y Justicia, Salamanca alberga los grandes centros fascistas, las directivas y consejos superiores de Falange, y los ramos de Guerra y Estado, los más directamente influidos  por las potencias fascistas, de cuyas embajadas y comisiones militares y políticas es también sede oficial. Añade que mientras tuvo el movimiento militar una trayectoria puramente monárquica y clerical, Pamplona y Burgos eran los centros vitales de influencia. Al producirse el cambio y empezar a apoderarse del país un ficticio ideal fascista, Salamanca logró con la hegemonía de Franco su plenitud de poder. El general Mola había dirigido todos sus esfuerzos a reafirmar el eje Burgos-Pamplona y la conquista de Bilbao le hubiera proporcionado la ocasión de predominar sobre Franco.

La familia de Franco -y él mismo, como gustaba decir- llevaban una vida familiar pequeñoburguesa con ambiciones, magníficamente instalados en un palacio en el que a pesar del continuo ir y venir de militares, funcionarios y personas influyentes, podían disfrutar de la placidez de un entorno idílico, con jardines, huerta de cuatro hectáreas y pista de tenis. Allí administra la represión como un contable, y ni se inmuta con las noticias que le traen de la marcha de la guerra. Sabe que sólo se ganará si la República es completamente destruida y son pasados por las armas los que se opongan a los sublevados. No habrá piedad para nadie. 

A medida que pasaban las semanas sin que se produjera el triunfo definitivo de los rebeldes, en la ciudad sitiada aumentaba el clima de crispación entre conspiradores. Los falangistas no se hallaban muy a gusto en aquella situación. Tenían poco que ver con los personajes que rodeaban a Franco y con la Junta de Defensa. No estaban muy seguros de haber elegido bien. Tras ser los motores intelectuales y sociales del cambio revolucionario -una nueva España, un nuevo Estado- se veían atrapados por un aparato dispuesto a devorarlos. Está documentada la rebelión dentro de la rebelión en la ciudad sitiada. Los falangistas de la primera ola, los que habían seguido a José Antonio en su marcha revolucionaria, se alzaron contra  Franco. Cualquier intento que se haga para edulcorar la situación límite a la que llegaron los falangistas -dispuestos literalmente a matarle- no hará sino falsear la historia. Intentaron eliminarlo en Burgos y volverían a contemplar esa idea en otras ocasiones. 

Dice Southworth que en la noche del 16 al 17 de abril de 1937 se produjeron en Salamanca diversos choques armados entre los seguidores de Hedilla y los de los falangistas disidentes (Dávila, Aznar, Merino y Garcerán). Ese fue el pretexto que 

Franco y Serrano Suñer esgrimieron para intervenir y tomar la dirección de Falange: Manuel Hedilla, que durante poco más de un día fue el jefe estatutario del grupo político más importante de la España rebelde, era borrado de la Historia. Añade Southworth que el régimen nunca aceptó los hechos de esa noche, que pudo haber cambiado la historia de España. La censura militar lo impidió. Estos hechos fueron tabú. Serrano Suñer dijo que Hedilla había sido un instrumento de la embajada nazi y presentó la versión de un Caudillo arrogante que ya en tiempos tan remotos como 1937 se enfrenta a los nazis desmontando la conspiración hedillista. Puede ser una clave del conocimiento que en esa época tenía Franco de los hechos tal y como estaban ocurriendo en Europa. Franco se alejaba imperceptiblemente de los alemanes y Hedilla, por su parte, quiso matarle para librar a España de un gobernante que había traicionado la revolución. 

La verdad escueta es que en la noche de autos, Hedilla, siguiendo la tradición falangista, envió a sus hombres armados a cumplir una misión violenta que terminó trágicamente. Hedilla cometió un error político al provocar tal escándalo en la cuasi capital que era Salamanca, error que Franco y Serrano Suñer estaban esperando y que aprovecharon. García Venero, testigo de los hechos, no quiso, desgraciadamente, contar toda la verdad de lo sucedido.

Con el encarcelamiento de Hedilla se acabó el protagonismo de la Falange. Los agentes de Juan March -el capitán nacido en Manacor Ladislao López Bassa y el médico militar Sergio Orbaneja- recorrieron varias provincias para conseguir el apoyo de los dirigentes falangistas a la unificación de los partidos Falange Española, las Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas y la Comunión Tradicionalista, a fin de organizar un partido político único, presidido por Franco. Los camisas viejas Hedilla y García Venero acusaron a los emisarios de estar vendidos a March, un gran poder económico e individual radicado en Mallorca, que quería la desaparición del programa económico y social de la Falange de la primera hora (Pere Ferrer).

Tanto en el transcurso de la guerra como después los falangistas auténticos no sólo se sintieron traicionados, sino que vieron en el Caudillo el cómplice de todos los males de la patria. Querían ver superada la lucha de clases y cancelados los partidos políticos porque habían sido instrumentos nefastos para el logro de una verdadera democracia, e hicieron confluir en Franco todas las causas de la tragedia contemporánea española. Es lo que se ha llamado la traición, e incluso la gran traición del invicto Caudillo. La Falange fue utilizada como carne de cañón en la guerra. Posteriormente, sus principales líderes se convertirían en los burócratas del Movimiento Nacional, al servicio de todo lo que habían odiado más los falangistas -la banca, el latifundismo, el clericalismo- y que constituían los cimientos del nuevo Estado.

No cesarán las conspiraciones falangistas contra el general, y tampoco las conspiraciones de los jerarcas falangistas para ampliar la base social del Movimiento Nacional, con la colaboración de incautos y sobre todo aterrorizados ciudadanos procedentes de los partidos políticos y de los sindicatos ilegalizados. Tendrán incluso sus propios mártires en su lucha frontal contra Franco. El andaluz Narciso Perales Herrero fue el arquetipo de la llamada Falange Disidente, traicionada por el dictador. Fue uno de los pocos falangistas que no participó en las matanzas del Alzamiento. Por el contrario, puso fin a la llamada Escuadra Negra de las milicias de Falange, que participaba en fusilamientos incontrolados en los alrededores de Granada Y así lo comentaba, con nostalgia y abatimiento, a los jóvenes estudiantes de la Escuela de Periodismo de Madrid que, en plena dictadura, escuchamos por primera vez que el Caudillo de España por la Gracia de Dios era odiado por los primeros que creyeron en él.

En ese año de 1937 organiza Narciso Perales una reunión en Córdoba, donde se tratan los hechos acaecidos en la sesión de la junta política de Falange, donde hubo un enfrentamiento entre Franco y Dionisio Ridruejo, motivado por el papel que debía desempeñar la Falange en el nuevo Estado. A consecuencias de  este encuentro, son detenidos dos miembros del Consejo Nacional, bajo la sospecha de preparar un complot contra el generalísimo. Nada pudo demostrarse en su contra, pero lo mismo que en el caso de Manuel Hedilla en 1937 con el decreto de unificación, la decisión de Franco de ejercer su autoridad se llevó a efecto sin reparos por parte del resto de la Falange.

 

 

10. Los años duros de la victoria. El atentado en Madrid contra Serrano Suñer 

Las fuerzas victoriosas anunciaron la terminación de la guerra civil, el 1º de abril de 1939, con el desarme del ejército rojo. Hubo desfiles en todas las ciudades y empezó una nueva era. Pero no todos los vencidos habían entregado las armas. Los sistemas montañosos amparaban a millares de soldados republicanos convertidos en guerrilleros, y en las ciudades muchos de ellos, sabedores de que les esperaba la cárcel o el paredón, se sepultaron en la clandestinidad. Los partidos políticos -prohibidos y perseguidos- contaban con millares de afiliados y ningún militante podía olvidar su pasado, aunque lo intentara. El régimen había preparado para todos -anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, católicos liberales, nacionalistas y masones idénticas pompas fúnebres. Con el paso del tiempo muchas formaciones políticas desaparecerían, no sin antes haber intentado, con mayor o menor tenacidad, reconquistar la libertad. 

En el transcurso de la II Guerra Mundial fue activo un grupo de espionaje, a favor de los ingleses para controlar la producción de armamento en Cataluña con destino a Alemania, que operaba bajo las siglas SINCA. Uno de sus agentes informa que la Fiesta de la Victoria del 1 de Abril de 1941 fue un fracaso. Señala que a pesar de las coacciones que ejerció el gobierno para hacer que la gente saliera a la calle, el pueblo no quiso festejarla. Los que estaban cada vez mas envalentonados eran los falangistas. Su ardor guerrero, confraternizando con los alemanes de Barcelona y viendo las perspectivas de una pronta entrada en la guerra, tropezaba con lo que ellos entendían una política de extrema morosidad en Franco. Los falangistas carecían de iniciativa y se hallaban supeditados al poder de los generales, que controlaban todos los resortes del poder, incluido el económico. Más preocupante aún, los falangistas percibían que estaban siendo descaradamente suplantados por los requetés. Días antes se hablaba de posibles alteraciones del orden público y por ese motivo, el 31 de marzo, el general Múgica, gobernador militar de Barcelona, se reunió con los responsables de todos los cuerpos armados para decirles que el ejército no estaba dispuesto a tolerar las canciones y gritos de los falangistas, y que si estos pretendían apropiarse de la Fiesta de la Victoria, el ejercito se retiraría. Parece que la aviación recibió orden de participar sólo con sus tropas de tierra, como así fue pues durante el desfile ningún aparato despegó para sobrevolar la ciudad. 

Los falangistas se echaron a la calle. Durante la manifestación se produjeron incidentes cuando rodearon el coche del cónsul de los Estados Unidos, cuyo chofer fue obligado a retirar la banderola oficial. El cónsul reaccionó con energía desplegando una gran bandera norteamericana que colocó sobre el techo del vehículo, al tiempo que decía: ¡Este coche es propiedad y territorio de los Estados Unidos de América! Hubo una rechifla general, pero se le dejó continuar su camino. Los manifestantes se dirigieron hacia la calle Junqueras, donde estaba el consulado inglés, y empezaron a proferir gritos e  insultos. Algunas piedras llegaron hasta el tercer piso y rompieron los crista-es del consulado. Luego se fueron a lanzar vítores ante de los consulados de Italia y Alemania. 

El agente del SINCA informa a continuación de los graves sucesos ocurridos en Madrid. Desde unos días antes circulaba la noticia de que el Gobierno había prohibido la entrada en Madrid porque la ciudad estaba sufriendo una grave epidemia de tifus exantemático. El hecho había alarmado tanto a la población que el Gobierno se vio obligado a publicar una nota oficial diciendo que la situación estaba controlada y que en realidad los casos de contagio no habían sido muy numerosos. De hecho -dice el agente del SINCA- lo que hay (o lo que parece haber) es el gran interés del gobierno en impedir la entrada en Madrid mientras dure la efervescencia política, producida como consecuencia del célebre consejo de ministros, que dura ya tres días. Se habla mucho de crisis, de las divergencias de criterio entre el general Jordana y Serrano Suñer sobre la posición de España ante la situación internacional, y que de hecho se corresponden con las divergencias existentes entre el ejército y la Falange. 

También en Madrid se produjeron incidentes ante los consulados inglés y norteamericano durante la Fiesta de la Victoria. Hubo incluso algo más grave, según el informador: Se dice con mucha insistencia que a la salida de una función oficial que se celebró en el Teatro Calderón, Serrano Suñer sufrió un atentado a tiros, a cuyas resultas el salió herido y su chófer muerto. No puedo asegurarlo oficialmente por la imposibilidad de encontrar a alguien que haya entrado y salido de Madrid, pero es muy significativo el hecho de que no se haya publicado en la prensa ninguna fotografía del ministro en el acto de recibir una condecoración honorífica que le fue concedida y entregada por los representantes diplomáticos y militares de Perú. 

 

 

11. La conspiración de los generales monárquicos 

Basados en los enfrentamientos constatados de algunos jefes militares con Franco, han circulado rumores sobre la existencia de atentados contra la vida del dictador. Generales de gran prestigio como Agustín Muñoz Grandes, Juan Yagüe y Juan Bautista Sánchez terminaron aborreciendo al dictador y sólo la férrea censura militar sobre estos asuntos impide tener noticia exacta de los complots que organizaron o en los que participaron. Alguno de ellos implicaba el atentado mortal. Juan Bautista Sánchez, siendo Capitán General de Cataluña, se vio implicado en 1954 en una conspiración monárquica contra Franco, y murió, oficialmente de una dolencia cardiaca, pero hubo rumores que apuntaron a un desenlace sangriento. Por las mismas fechas, un ayudante de Muñoz Grandes hirió gravemente de un disparo al teniente general Gallarza. 

Las relaciones de Franco con sus jefes militares tienen numerosa bibliografía, y por las memorias que algunos de ellos dejaron escritas se pudo saber que albergaban un gran resentimiento contra él, exacerbado por su incapacidad -impotencia o simple-mente miedo- para enfrentarse al dictador. Todos ellos lo encumbraron al poder, le hicieron creerse omnipotente, y luego no pudieron hacer nada para derribarlo. Casi todos los grandes jefes militares que auparon a Franco a la categoría de Caudillo murieron en el ostracismo, cargados de remordimiento y frustración, y con la certeza de haber engendrado un monstruo. 

Los generales monárquicos tuvieron sobrados motivos para la enemistad con su jefe al que no siempre respetaron ni consideraron como líder indiscutible. Se dieron cuenta enseguida de que Franco, a pesar de que promulgara la Ley de Sucesión, no tenía ninguna intención de devolver el trono a los Borbones. En el inicio del verano de 1943, con el desembarco de las fuerzas norteamericanas en Sicilia, ocurrido siete meses después del desembarco de los aliados en el norte de África -el 10 de noviembre de 1942-, sólo los más exaltados propagandistas del régimen seguían alentando la creencia de que Alemania podría enderezar el rumbo torcido de la guerra. Se acercaba nítidamente el principio del fin y muchos franquistas, sin duda preocupados por las consecuencias de la derrota nazi, trataban de abandonar el barco que se hundía. El 8 de septiembre de 1943 nada menos que ocho tenientes generales dirigen una carta al Caudillo que le es entregada personalmente por el general Varela. Los abajo firmantes       -Luis Orgaz, Fidel Davila, Jose E. Varela, Jose Solchaga, Alfredo Kindelán, Andrés Saliquet, José Monasterio y Miguel Ponte- figuras sin duda importantes en la victoria militar sobre el ejercito republicano, redactan un escrito cuyo tenor absolutamente respetuoso, rayano en el servilismo, sólo puede indicar su exacto conocimiento del clima de terror existente en España. Con afectuosa sinceridad, en sus solos nombres, es decir, dejando claro que no hablan en nombre del ejército sino al contrario, sin arrogarse la representación de la colectividad armada, ni requerida ni otorgada, se presentan, se arrastran casi, hasta el Caudillo como compañeros de armas, para exponer su inquietud y su preocupación a quien alcanzó, con su esfuerzo y mérito propio, el supremo grado en los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Los mismos, con variantes en las personas, impuestas algunas por la muerte... que hace cerca de siete años, en un aeródromo de Salamanca, le investimos de los poderes máximos del mando militar del Estado, vienen a decirle que el mandato se prorrogó más allá del plazo para el que fue previsto. Obviamente, nunca se fijó plazo alguno, y con toda razón Franco podía argumentar que el caudillaje no tenía caducidad, tal como lo había recibido. Los generales no podían esgrimir otra razón para aconsejarle a Franco que pusiera termino a su mandato, que su tino inicial al nombrarlo, y así lo expresan: Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó, no nos abandonara hoy, al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro Generalísimo, si no estima como nosotros, llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal, que él como nosotros añora, que re-fuerce el actual con la aportación unitaria, tradicional y prestigiosa inherente a la forma monárquica. 

Franco no les contestó, ni colectiva ni individualmente. Se limitó a decirles, uno a uno, que no era llegado el momento de dar tan arriesgado paso hacia el cambio. La carta de los tenientes generales no pilló a Franco por sorpresa. Además de que estaba perfectamente al tanto de los pasos, comentarios y predisposiciones de sus asustadizos colegas, ya había resuelto la misma cuestión, que le había sido planteada el 20 de junio del mismo año, también en una carta firmada por veintisiete procuradores en Cortes, entre los que figuraban tres destacados jefes militares: el teniente general Ponte y Manso de Zúñiga, capitán general de la Segunda Región Militar, el almirante Manuel Moreu y el general Valentín Galarza. En el escrito sugerían la inmediata restauración de la Monarquía. También la firmaban el Duque de Alba, Juan Ventosa, Pablo Garnica, José de Yanguas, Manuel Halcón, Alfonso Valdecasas, Pedro Gomero, Antonio Goicoechea, Martínez Sabater (decano del Colegio de Abogados de Valencia), García de Vinuesa, Antonio Sala Amat, Jesús Merchante (alcalde de Cuenca), el Duque de Arion, Nicanor Armero (alcalde de Requena), Muñoz Rojos, Isidoro Delelaux, Alfonso de Zayas, Luis Alarcón de la Lastra, Antonio Gallego Burín (alcalde de Granada), Rafael Lataillade (alcalde de San Sebastián), Juan M. Fanjul, Jaime de Foxá, el Conde Ybarra y Aurelio Joaniquet. 

José María Gil Robles, ya enrolado en la operación de llevar al trono a Don Juan de Borbón, ve llegada la ocasión de sacarse la espina de Franco y se entrega febrilmente a la conspiración para apearle del poder. El 25 de junio de 1943 escribe al general Aranda para urgiéndole a pasar a la acción. Todos los que están en la intriga -y no solo en el bando de la derecha, sino también en el de los republicanos del exilio- se dejan llevar por criterios subjetivos que en todo caso revelan, con el paso del tiempo, su absoluta falta de conocimiento de la situación y de los movimientos internos de las grandes potencias. Todos se dejan llevar por un apriorismo infantil. El hecho de que Franco haya apoyado a las potencias del Eje y que estas vayan a ser derrotadas, no conduce al corolario de que Franco vaya a correr la misma suerte que Hitler y Mussolini. Franco tenía más y mejor información que sus timoratos compañeros. Un párrafo de la carta de Gil Robles al general Aranda demuestra cuán equivocado estaba el otro líder de la derecha y cómplice del golpe contra la Republica: La victoria aliada no significará tan solo la derrota militar de las potencias del Eje sino la eliminación implacable de todos los regímenes totalitarios. Y añade mas adelante: Si la suspensión de las hostilidades sobreviene antes de que se haya operado un cambio político completo, España comparecerá en la Conferencia de Paz en la fila de los vencidos. En el exterior será la humillación o tal vez la desmembración. En el interior será el triunfo total de las izquierdas. La capacidad profética de Gil Robles no podía ser más ingenua: [Los aliados] serán implacables. Ni los gobiernos, ni los pueblos de los aliados, olvidarán los discursos del Generalísimo, la ayuda descarada a Alemania, la División Azul, la actitud de la prensa, la solidaridad con el Eje mil veces proclamada y demostrada.[...] Informado de lo que se piensa en los medios oficiales de los países que van a ser vencedores, angustiado por la ceguera de los gobernantes y de las clases conservadoras españolas, me creí en la obligación de conciencia de elevar mi voz, por muy modesta que sea, a favor de la única solución que puede permitir que nos salvemos. Gil Robles apremia al general Aranda: Las circunstancias no permiten perder tiempo. En torno al Rey se ha popularizado ya una gran corriente de opinión. Dando pruebas de su enorme miopía Gil Robles añade, sin darse cuenta de que se ha puesto en las antípodas de la realidad: Es el Rey quien tiene que ordenar. Fío más en él que en organismos de concentración, que tantas veces dan lugar a disolventes pugnas personalistas. 

El general Aranda, laureado por su heroica defensa de Oviedo con un puñado de falangistas, desde julio hasta octubre de 1936, fue puesto al mando del Cuerpo de Ejercito de Galicia con el que entro en Valencia en 1939. Escuetamente se dice en su biografía que en 1943 se integró con otros generales en una conspiración contra Franco. Descubierta la trama, es confinado en Mallorca y pasado a la reserva. En 1976, muerto ya Franco, es ascendido a teniente general. 

¿Quien asumió el mando de esa conspiración y que medios estaban dispuestos  los conjurados a tomar para llevarla a cabo? Todos ellos eran de probada valentía militar y fueron personalidades clave para el triunfo del alzamiento. El general africanista Juan Beigbeder Atienza era teniente coronel en Tetuán cuando se gestó el Alzamiento. Como Alto Comisario de España en Marruecos reclutó a los miles de marroquíes que servirían de fuerzas de choque en la guerra. El 19 de agosto de 1939 fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores, cargo en el que sólo estuvo algo más de un año pues en octubre de 1940 fue relevado por Serrano Suñer. Otro militar ilustre que se distanció de Franco fue el general Alfredo Kindelán, hombre de honor que vivió personalmente el drama de servir a un régimen de terror y envidió el coraje del general monárquico Emilio Herrera, quien a pesar de su lealtad a Alfonso XII, sirvió lealmente a la República. Estos generales no podían ver con buenos ojos el derrotero tornado por Franco. El general Emilio Herrera -ministro de la Republica en el exilio, de la que llegó a ser presidente- mantenía estrecha amistad con el coronel de aviación Juan Antonio Ansaldo, colaborador de don Juan de Borbón, y ambos convenían en la imperiosa necesidad de lograr la unidad de los antifranquistas como condición necesaria -se decía textualmente- y suficiente para librar a nuestra patria de su tiranuelo ridículo. Ansaldo no ahorraba calificativos de desprecio hacia los monárquicos que sesteaban a la sombra maldita del poder usurpador [...] en espera de que caiga la breva de un cambio pacífico que garantice sus enchufes y preeminencias; o en caso contrario, confiados en la imposibilidad de una perduración de lo actual. Su definición de los aliados de Franco no puede ser más patética: corrompidos, comprados, vendidos, deshonrados, enchufados, borreguiles y cobardes no piensan más que en prolongar sus míseras ventajas de momento unos meses más y nada les importa, ni el sufrimiento de millones de españoles, ni la justicia, ni la indignidad, ni la patria a la que siempre tienen en boca pero a la que destrozan por servir sus propios egoísmos. 

Ansaldo se manifiesta como rabioso conspirador contra Franco: Me muevo, amenazo, advierto y me agito sin cesar, pero aunque algunas veces consigo al parecer convencer a mis interlocutores de la necesidad del paso, compruebo a las pocas horas que todo quedó reducido a palabrería y que nada avanzamos. Sin embargo, Ansaldo se confiesa decepcionado, traicionado por los consejeros de don Juan, que llegan del interior para aconsejarle en mal sentido, y se muestra decidido a exiliarse definitivamente en Paris, donde quizá pueda ser útil a la causa de España. 

 

 

 

12. Los anarquistas planean y ejecutan atentados contra Franco 

Desde el final de la guerra civil hasta 1964, en que transcendieron ciertos rumores sobre el declive físico del general, se sucedieron no menos de cuarenta intentos de atentar contra el Caudillo. La mayoría de ellos fracasó en el proceso de preparación, cuando los conspiradores se vieron implicados en otros hechos. La liquidación del Caudillo fue la obsesión de algunos grupos libertarios (CNT-FAI) que se constituyeron específicamente para este fin y se disolvieron por el fracaso de la operación o por la muerte de la mayoría de sus miembros. Los supervivientes formarían otros grupos cuya misión, aún sin abandonar el objetivo prioritario, consistiría en fomentar la continuidad de la lucha. No menos de trescientas personas participaron directa o indirectamente en los proyectos de atentados contra Franco. Casi todos los grupos que intentaron alguna vez liquidar al Caudillo fueron eliminados, y los escasos supervivientes a las matanzas en la calle y al pelotón de fusilamiento fueron enterrados en las cárceles, de las que sólo saldrían más de veinte años después. Yo pasé una temporadita en el penal de Burgos. Allí pude conocer a algunos de los protagonistas, y más adelante trabé amistad con otros personajes, cuyos intentos de acabar con la vida del Caudillo se relatan en mi libro Los atentados contra Franco (Plaza y Janés, 1975). 

Según me contó Cipriano Damiano, que había participado en este y en otros hechos, a los pocos meses de acabada la guerra se produjo un atentado directo en el que murieron sus ejecutores. Varios compañeros libertarios, armados con metralletas y bombas de mano, se lanzaron sobre la caravana de Franco y dispararon contra el coche en el que, según sus informaciones, viajaba el Caudillo. Pero Franco no ocupaba ese vehículo y sólo resultó muerto un miembro de su escolta. En la refriega murieron los asaltantes. Uno de los organizadores del atentado fue Celedonio Pérez Bernardo, quien en aquel tiempo -finales de 1940 y principios de 1941- desplegaba una enorme actividad para salvar a los condenados a muerte.

Cipriano Damiano, que pocos años después entraría en contacto con uno de los conspiradores más tenaces, el coronel José Pardo de Andrade, y juntos planearían un meditado intento de liquidar al Jefe del Estado, logró fugarse de la cárcel de Tudela de Duero para llegar clandestinamente a Málaga. Cipriano había nacido en 1916 en un pueblo de la serranía de Málaga, y fue uno de los más precoces aguiluchos de la FAI. Huérfano de padre, conoció las inclemencias de la Casa de Misericordia de Málaga y despertó para la revolución, a los catorce años, con el fusilamiento de Galán y García Hernández. Secretario regional del comité de Juventudes Libertarias y agregado a su comité peninsular, pasó en la cárcel los años de la Republica. Autodidacta, como la mayoría de los militantes de la época, su obsesión durante cuarenta años sería la propaganda. ¡Fundó más de cincuenta semanarios clandestinos! 

Con diversos nombres falsos llegó Cipriano Damiano a Málaga en 1941, y se dirigió a pie a Algeciras. Su propósito era llegar a nado a Gibraltar, pero en Algeciras se tropezó con las fortificaciones y cambió de idea. La habilidad de Damiano para falsificar documentos se había demostrado ya en 1939 en el campo de concentración de Albatera, donde se permitía emitir los comunicados de la CNT con un sello fabricado con una suela de zapatilla. Otros sellos le servirían para autentificar salvoconductos y libertades provisionales. No es pues de extrañar que, con documentación falsa, lograse obtener un destino civil en el séptimo sector de la comisión técnica de fortificaciones de la Costa Sur. Al poco tiempo, sus eficaces conocimientos de taquigrafía y contabilidad le valieron el nombramiento de adjunto en la comandancia de Ingenieros de Cádiz. Desde este destino, Cipriano Damiano manejaba la red que le mantenía en contacto con la guerrilla andaluza. Fue uno de los organizadores del atentado contra Franco previsto para la inauguración de la Feria de Muestras de Barcelona, planeado minuciosamente, con gran rigor y con derroche de medios. La orden de desactivar este atentado partió de un personaje muy importante, cuya identidad se llevó a la tumba Damiano. 

Los anarquistas lograron contactar con militares franquistas y con auxiliares de la Casa de Franco que colaboraron en la preparación de diversos atentados. En algunas ocasiones los autores llegaron a situarse a pocos metros del general. El llamado Grupo de los Maños -Wenceslao Jiménez Orive, Simón Gracia Fleringan, Mariano Aguayo y el delator N.P.- recibió armas de José Luis Facerías y de Laureano Cerrada para preparar un atentado contra Franco en la carretera nacional a su paso por La Muela, cerca de Zaragoza en 1947. Es el año de las grandes redadas en Barcelona y en Madrid, en la gigantesca operación policial para aniquilar a los grupos anarquistas procedentes de Toulouse. Cincuenta guerrilleros estaban preparados para apostarse en la carretera de Berga a Guardiola, minada con explosivos al paso de Franco. Por su parte Pedro Adrover Font (ejecutado a garrote vil) y Domingo Ivars (condenado a muerte) preparan a su vez otro atentado contra Franco en Barcelona. 

Quizás el atentado más espectacular fue el planeado por Laureano Cerrada. Alumno de José Alberola, en 1936 había participado en la toma del cuartel de Atarazanas y de la Capitanía General. Días después se hizo cargo de la caja central de la administración de Ferrocarriles. Delegado del servicio de Vías y Obras, se ocupa de la sección social y busca técnicos para dirigir los servicios. Organiza también el célebre tren blindado. Queipo de Llano le dirige insultos por la radio y lo condena a muerte. Los franquistas reconocerán posteriormente que su gestión en los ferrocarriles fue óptima. Finalizada la guerra, huye a Francia y participa en la resistencia contra los nazis. En 1948 compra un avión Norecrim, y con la colaboraci6n del también legendario Antonio Ortiz, compañero de Ascaso y sucesor de Durruti al mando de su columna, de Luis Robla y de un tal Primitivo cuyo apellido no transcendió, lo preparan para cargar 25 bombas rasantes alemanas y 50 kilos de bombas incendiarias, que deberían haber sido arrojadas el 11 de septiembre de 1948 sobre la tribuna desde la que Franco presidiría el desfile de traineras en San Sebastián. El avión tardó una hora en ir de Dax a Donosti, pero el piloto dio la vuelta y regres6 a la base. Dijo que había sido interceptado por aviones del ejército español. La idea del atentado contra Franco en San Sebastián no fue original de Cerrada, sino de Pedro Mateu, del Comité Nacional de la CNT, y uno de los autores del atentado mortal contra Eduardo Dato, presidente del consejo de ministros, el 8 de marzo de 1921. 

Casi todos los que de una manera u otra colaboraron en la preparación de algún atentado contra Franco murieron de forma trágica. Entre los muertos, los más afortunados fueron los que cayeron bajo las balas de la policía, de la guardia civil o del ejercito en las calles o en las montañas. Los menos, los que fueron fusilados. Los más desgraciados de todos ellos, los que siguieron la suerte de Pedro Adrover, en su cita con verdugos que ni siquiera sabían manejar de manera experta el garrote. Tal fue el destino de Joaquín Delgado Martínez y de Francisco Granados Gata quienes en la madrugada del 17 de agosto de 1963 fueron conducidos ante el verdugo en cumplimiento de la sentencia que los había condenado a muerte por un delito que no cometieron -la colocación de un artefacto explosivo en la oficina de pasaportes de Madrid-, pero en compensación de lo que habían planeado: un atentado contra Franco, minuciosamente planeado, que por desgracia para ellos, y fortuna para el Caudillo, tuvo que ser interrumpido porque se cruzó con las acciones de otros anarquistas, los autores de la explosión en la oficina de pasaportes. Recientemente se sabría que Granados y Delgado fueron condenados a muerte por un tribunal, a sabiendas de que eran inocentes del delito por el que se les juzgaba. Fue el último servicio que prestaron a sus compañeros del comando que estaba preparando el atentado contra Franco, y que así pudieron huir de la ciudad. Eran los mismos que en agosto de 1962 trataron de atentar contra el Caudillo en la carretera que conduce al Palacio de Ayete, en San Sebastián. Franco fue sin duda el general de la suerte, y murió en una cama de hospital en la madrugada del 20 de noviembre de 1975, adquiriendo así el título -modificado- de sus años mozos en la Legión. En efecto, Francisco Franco fue el ileso novio de la muerte.