LA NIEBLA ES UN ESPEJO VACÍO

Novela inspirada en hechos reales, el autor advierte que sus personajes, aunque parezcan de carne y hueso, son entes de ficción. Quizás están vivos precisamente porque son seres imaginarios y no pueden ser destruidos como los protagonistas de la novela. “La Niebla es un espejo vacío” es un país real, lleno de gentes reales que viven entre las páginas del libro. Han sobrevivido a los tiempos y a los sucesos del siglo recluidos en el territorio de la ficción y continuarán viviendo después de que el lector haya llegado a la última página. 

Todos los personajes que desfilan por la novela: políticos, industriales, periodistas, espías, banqueros, truhanes, asesinos, conspiradores, aventureros, mujeres hermosas y fatales, nunca mejor dicho, fueron inspirados por personajes reales ya desaparecidos. Es lo propio de las novelas. Murieron en ajustes de cuentas, degollados en la cama o de un disparo entre ceja y ceja ; otros acabaron en misteriosos accidentes y algunos fueron fusilados. Antes de ese terrible final lucharon, se divirtieron, conspiraron, se revolcaron en la cama, se devoraron los unos a los otros y mintieron con los más diversos propósitos, sobre todo para alcanzar el poder y la gloria que les estalló en las manos. También fue lo propio del siglo que acabó. 

Fue escrita en España en 1986 y se publicó en México en 1994. De ella se hizo también una edición resumida. La edición española que publica “Nihil Obstat” es una versión íntegra, completa.  Es una novela plenamente de hoy. Lo absolutamente actual no pasa de moda, permanece siempre vivo porque se han elegido los temas en función de su permanencia y de su destino trágico, y no por intereses efímeros, ni por su aparente morbosidad. Aunque se describen entresijos tan importantes como la conspiración industrial en Europa,  la corrupción política, la aparición de los “jueces estrella”, la utilización de la Mafia para fines políticos, el hundimiento de la Unión Soviética, la política judía en Oriente Medio, el espionaje entre potencias y la manipulación de la opinión pública, la novela pretende sobre todo crear personajes, reconstruir ambientes, introducir al lector en un paisaje de niebla y de aventuras pavorosas, más allá de los hechos concretos.

No hay ninguna otra intención detrás de la narración que hacer una obra literaria. El lector juzgará si el autor ha conseguido su propósito de escribir una buena novela de espías y de dramas personales, al margen de la política y de las luchas por el poder, dando impulso a un género que parecía agotado tras la desaparición de la Unión Soviética.

CONTEXTO

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El secreto mejor guardado de la “Guerra Fría”

Quiénes eran los verdaderos espías

Grandes corporaciones industriales europeas se beneficiaron del comercio con la URSS por procedimientos poco ortodoxos

Industriales, financieros, hombres de negocios europeos se convirtieron en agentes de influencia soviético. Era una cuestión de dinero

Desde su fundación la Unión Soviética tuvo la ambición de exportar la Revolución al mundo. En realidad, las terribles y famosas purgas, en las que fueron aniquiladas millones de personas, fueron consecuencia de las luchas en el seno del poder por imponer “un calendario de la Revolución”. Simplificando, algunos, como Trostky, querían la Revolución en todos los países, mientras que Stalin pretendía consolidar primero la Revolución en Rusia y exportarla de allí a otros países.

La “guerra fría”, que tantos argumentos dio a las novelas y a las películas de espías, pretendía principalmente, como se narra en “La Niebla es un espejo vacío”, minar la potencia industrial de Occidente, puesto que  estaba perdiendo la batalla en el campo de la tecnología y de la ciencia.

Los servicios secretos soviéticos inventaron un método, del que se habla en el libro, para apoderarse de tecnología clasificada y para crear dificultades en el terreno industrial y político a los países occidentales.

Para ello recurrieron a poderosos industriales europeos a los que hicieron inmensamente ricos y poderosos dándoles el privilegio del comercio exterior e interior de la URSS. Grandes corporaciones alemanas, italianas, francesas y españolas - muchas de ellas desconocidas del gran público - pudieron instalarse en la Unión Soviética, obtener contratos de petróleo, y de las cuantiosas materias primas de la URSS : gas, madera, productos siderúrgicos, diamantes, oro.  

A cambio los industriales europeos tenían que facilitar a los soviéticos tecnología que figuraba en las listas de embargo. Había que burlar a la Cía.  En la lista figuraba todo lo relacionado con los sistemas más avanzados de tecnología militar, espacial.   Fue así como los soviéticos consiguieron obtener muchos secretos industriales de Occidente. En eso consistía el método.

Sin embargo en la carrera con Occidente, la URSS se quedaba cada vez más atrasada, sobre todo porque había llegado tarde y mal a la revolución informática.  Los servicios secretos soviéticos decidieron reventar el método y emprender una nueva batalla.

Sobre el “método”  

Los años, por otra parte, más fructíferos del "método" que había sellado para siempre los destinos de todos los que participaron en él. Desde el principio fue indiscutible que equivalía a almacenar pura nitroglicerina en un subterráneo aparentemente estable, pero el riesgo era el alimento de los socios. Un día aquel almacén saltaría por los aires, sobre todo si los americanos terminaban por darse cuenta de que no se debían a simples coincidencias las dificultades que encontraban para manejar a su antojo los destinos del mundo. El "método" era profundamente heterodoxo, considerado bajo cualquiera de los prismas ideológicos que se enfrentaban de manera bien encarnizada para lograr la hegemonía política. No confiaba en las fuerzas sociales ni en las acciones políticas para lograr el triunfo, sino en la conspiración permanente, en el trabajo hermético de un grupo unido para los resultados y no por las motivaciones.

Sobre el Estado soviético:

Hundido en el asiento de atrás, junto al coronel Peskov, Mijail trató de ordenar sus pensamientos, aparentando una calma que sólo él sabía cuán quebradiza era. No expresó comentario alguno sobre las luces del coche que les seguía sin disimulo, aunque era obvio que no se trataba de una medida de seguridad, innecesaria en una ciudad desierta. El chófer conducía lentamente evitando resbalar en la calzada cubierta de nieve uniforme y se detenía en el cruce de las calles, ante la luz intermitente de los semáforos. Atravesaron el puente sobre el Moscova, dejando a la izquierda la Universidad y las instalaciones olímpicas. La nieve caía sobre el río convertido en bloque de hielo en el que quedaron atrapadas algunas gabarras. Allí aprendió a patinar en su infancia y entró luego a formar parte del reducido grupo de chiflados que perforaban la gruesa capa de hielo para zambullirse unos segundos en las aguas negras. El edificio de la Academia estaba terminado y permanecería por los siglos, firme en su colosal estructura de acero, sin que nadie recordara que Mijail Bogdanovich había contribuido notablemente a rellenar algunas lagunas que preocuparon a los científicos soviéticos durante casi dos décadas.

El, Mijail, no era genial, ni vanidoso, como aquellos brillantes talentos que sólo sabían hablar de paciencia y de método cuando no lograban avanzar en sus investigaciones todo lo que el país necesitaba. Y lo requería a un ritmo incompatible con la autosuficiente serenidad de los genios. Mijail se sorprendió pensando en Lenin y no porque el retrato gigantesco del fundador del Estado, presente en todas las calles, lo hiciera inevitable, sino porque formaba parte del hilo de su discurso. El fin, el engrandecimiento del Estado, justificaba todos los medios puestos a su alcance y en este sentido Mijail había sido plenamente ortodoxo. Se podía comprender a los científicos. Necesitaban tiempo. Pero el Estado no podía esperar y él, Mijail, había urdido un plan satisfactorio para adquirir la tecnología y los procesos que los científicos soviéticos eran incapaces de adelantar. Los resultados eran visibles, aunque no todos se debieran a él. La Unión Soviética poseía innumerables secretos industriales, en el manejo de las altas y de las bajas temperaturas, en la conductibilidad de fibras de las que nadie había oído hablar y en la fabricación de nuevos materiales; se hallaba muy avanzada en el dominio de la fusión nuclear y tenía un plan absolutamente secreto para la conquista del espacio. Y todo ello gracias al esfuerzo de hombres como él quienes, además, habían conseguido desviar el crecimiento industrial de América y de Europa con eficaces campañas de desinformación. Se entusiasmó con sus propios pensamiento y sintió renacer su espíritu de lucha, a punto de ser destruido minutos antes por los...

Sobre la corrupción industrial 

Ninguno de ellos era agente soviético en el sentido estricto de la definición, ni siquiera habían conocido un sólo peón de los colegas de Mijail que, como Philby, Mac Lean o Burgess, terminaban siendo desenmascarados y obligados a huir precipitadamente al limbo de Moscú, cambiando de la noche a la mañana su deslumbrante vida social en Occidente por su nuevo empleo de traductores de recortes de prensa en destartaladas oficinas moscovitas. Ellos, Klinker, Fritzman, Vilnius, Simón de Salamanca y todos los otros, americanos, franceses, italianos, británicos y alemanes, que comerciaban con los rusos  disfrutaban de la coartada perfecta. Eran personalidades de la industria, de las finanzas y de la política que gobernaba en casi toda Europa, de los que se rumoreaba toda suerte de leyendas -propaladas en un clima de excitante  frivolidad en los círculos de moda- que lejos de atraer las sospechas sobre ellos, los convertía en seres casi míticos que llevaban su extravagancia a aumentar su fortuna  con sus misteriosos viajes a Moscú. El "método"  había dado fruto -y era la baza  más importante de Mijail en el Comité, si se atrevían a levantar la cabeza los rencorosos de buena memoria como Alexis Stiupin- sin que los soviéticos se vieran obligados a retroceder un palmo. Unos años antes, con los procedimientos rutinarios de Alexis, sólo  se consiguió mantener viva la presencia del "telón de acero", el hostigamiento exterior, los rigores de la guerra fría y las "fronteras estables" cuya sensación de seguridad, decía Mijail, era engañosa, pues ellos, los soviéticos, se hallaban recluidos, ensimismados, atrapados en su propia trampa, mientras que con el "método" se habían ensanchado las fronteras, no las físicas -no era lo importante todavía-, sino las del poder, la capacidad de intervenir en los asuntos primordiales que no eran los políticos- Alexis y sus fondos en Suiza para alimentar amistades que deberían tenerse por seguras -, sino los industriales, la supremacía de la URSS lograda, con la colaboración de tipos ambiciosos como Klinker, Fritzman y Simón de Salamanca, como consecuencia del desmantelamiento industrial de Europa y Norteamérica. Varios millares de hombres de negocios norteamericanos y europeos habían acudido ya a Moscú como si fuera su casa -"no hemos tenido que ir a buscarlos, han venido a comer en nuestra mano", Mijail cada vez más excitado -, atraídos por los resultados que observaban en la trayectoria de advenedizos como Klinker, Fritzman y Salamanca, convertidos, de la noche a la mañana, en peligrosos rivales. Y si no que se lo preguntaran a Fritzman - Klinker no estaba ya en condiciones de responder -, el gran liquidador de la industria siderúrgica.

 Sobre el contrabando siderúrgico

Vilnius demostró que Klinker era un traidor, pero nunca estuvo seguro de que Mijail se lo agradeciera. Klinker adquiría el níquel para su fábrica a una mina en Grecia que pertenecía a una sociedad fantasma de Simón de Salamanca y que producía un mineral de pésima calidad, pero los rusos compraban el metal a ojos cerrados, por imposición de Mijail, y pagaban a una sociedad en Londres administrada por Klinker.

 

Hacía tiempo que éste intentaba convencer a sus socios sobre la conveniencia de dar un buen golpe a los rusos, que tan complacientes se mostraban, y desaparecer. Las discusiones se prolongaron sin llegar a un acuerdo. Ni Vilnius, ni Simón de Salamanca -nunca entendió por qué Simón no quiso alinearse con Klinker, si ambos eran tan iguales- estaban de acuerdo en calcinar la tierra bajo sus pies en Moscú, con un Mijail cada vez más influyente y al final Klinker tomó la decisión de actuar por su cuenta.

Se apoderó de los fondos en Londres y se negó a dar razón de ellos a sus socios, confiado de que no acudirían a los tribunales a no ser que quisieran no sólo despedirse del dinero, sino entregarse de pies y manos para ser condenados por contrabando, fraude y evasión de divisas.

 

Klinker acabó como todo el mundo supo. Con Fritzman empezó la etapa más provechosa. Fritzman, aunque más tarde se desinflara, demostrando que sólo era un saco de vanidad y de otros vicios, entendió el método y lo superó. A él se debió la idea -cuando Mijail con sonrisa de oro logró deslumbrarles con la propuesta de ofrecerles la libre disponibilidad de varios millones de toneladas de acero que todos los años, mientras funcionara el método, saldrían irregularmente de los países del Este hacia la Europa Occidental por el puerto de Lübek - y se encargó de realizarla de la manera más brillante e impensable.

Mijail creyó que bromeaba cuando Fritzman le anunció que el ministro de Industria de un país mediterráneo estaba dispuesto a hacer una escala técnica en Moscú durante su viaje oficial a Japón. El ministro aterrizó en Moscú y tras cinco horas de hablar con Mijail lamentó no haber llegado antes. Se comprometió a amparar lo que a todas luces era una operación de contrabando. Pero el objetivo justificaba cualquier medio:  se trataba de crear dificultades a las fábricas norteamericanas, inundando su mercado de productos siderúrgicos a precios por debajo del precio de coste (dumping) y de convertirse en el  árbitro del mercado europeo, aliándose con Fritzman, con Simón de Salamanca, con Vilnius y con aquel ruso de ruidosos modales que no sólo no trató  de influirle con sus ideas, sino que jamás habló de política, por lo que le pareció una prolongación de sí mismo. El método, cuya paternidad se atribuía a Mijail sin que Vilnius se sintiera herido por ello, empezó a prosperar.

Sobre Europa 

En todo caso podía dar marcha atrás, pero ¿y los hechos? Era verdad que una vez en el vacío sólo queda una decisión tan simple como inaplazable: se tira o no de la anilla. Los hechos caminaban por su cuenta y no se detendrían hasta que concluyera la operación para la que fueron diseñados.

Se habían suicidado ya diez políticos en Europa, aunque los periódicos no los relacionaron entre sí y en seis casos parecieron desgraciados accidentes fortuitos. La parte más secreta del "método" de Mijail era la aportada por el peculiar estilo de Vilnius. De la misma manera que no puede haber  árbol sin raíces y que éstas ocupan bajo tierra el mismo espacio que el tronco y las ramas sobre el suelo, era impensable el método de Mijail sin el trabajo previo de Vilnius. Poco a poco, sin que nadie se diera cuenta de que en efecto aquello era una operación militar, poderosos grupos industriales y agro/industriales europeos habían ido a comer en la mano de Mijail y le estaban tan agradecidos por la abundancia y la variedad del banquete que no se daban cuenta de que el ruso los tenía agarrados por el cuello.

Qué lejos quedaban los tiempos de Alexis Stiupin, financiando con las migajas procedentes del comercio a los partidos comunistas europeos y a otras organizaciones de izquierda. Con aquéllo no se iba, como no se fue, a ninguna parte. En cambio, con los procedimientos de Mijail se podía manejar no sólo a los partidos políticos comunistas, a los que por otra parte se les dejó caer en una órbita muerta, sino a la mayoría de los gobiernos europeos cuyo funcionamiento, y el de sus partidos políticos, era a esas alturas imposible sin el "método" introducido por Mijail y que otros copiaron a toda prisa. "Este es el problema -le dijo el juez Marco, un poco antes de dar por terminada la entrevista con Vilnius-, que todo se ha desbordado, se nos ha escapado de la botella y no hay forma de volver a encerrarlo. Estamos dominados por la mafia, pero no una mafia a la antigua, a su manera honorable y con un concepto muy claro de sus límites, sino algo sumamente perverso..

Sobre la cuestión judía y la disidencia

Porque lo cierto fue que éste tomó en sus manos las riendas de la “cuestión judía” -reforzada doblemente como secreto de Estado- y puso a sus colaboradores a trabajar en ella, como si sólo se hubiera esperado la llegada de Simón con el mensaje  para que se pusiera en marcha una maquinaria con un plan trazado hasta en sus mínimos detalles. Se reavivó la disidencia que parecía languidecer en la universidad y entre los intelectuales. Los agentes de Mijail extendieron el rumor entre los diplomáticos extranjeros de que la Seguridad del Estado se hallaba sumamente preocupada por el resurgir de los disidentes y si querían observarlos con sus propios ojos no tenían más que acudir a algunas reuniones clandestinas que se celebraban todos los días en algunos apartamentos de Moscú, como el de la escultora Alexandra Zagladine. Surgieron grupos de oposición por todas partes y en Leningrado apareció un manifiesto clandestino cuya lectura dejó perplejos a muchos observadores extranjeros: no sólo  se exigían cambios radicales en la URSS, incluido un proceso de democratización al estilo occidental, que se ofrecía un análisis de la situación económica y de la gravísima erosión industrial, con tal abundancia de datos que sólo podían proceder de organismos oficiales "situados en el corazón del sistema". El manifiesto fue seguido de asaltos a algunas sinagogas y numerosas paredes de Moscú amanecieron con pintadas antijudías. Los agentes de Mijail expandieron la noticia de que el gobierno iba a endurecer todavía más su política de no autorizar  la salida de contingentes judíos, mientras que paralelamente se extremarían las medidas de rigor contra ellos.

Sobre los espías

Sus amigos vivían al borde del peligro en Occidente, el mínimo error sería desastroso para ellos y si tenían suerte de huir precipitadamente, para escapar de las responsabilidades que les habrían llevado a la cárcel o a la eliminación, les esperaba en Moscú aquello que él tenía: una vida gris y de intrigas domésticas, una casita en el campo con un pedazo de huerto para cultivar cebollas y fresas, un asiento reservado en el "Bolshoi" y un permiso especial para adquirir whisky y tabaco rubio americano en las Beriozka. Si él conseguía escapar al otro lado, echando por tierra todas aquellas cosas que se resumían en un principio de honorabilidad confortable, debería aceptar lo que sus amigos estaban dispuestos a desechar. Amargamente se dijo que también esta consideración pertenecía al pasado. Ya no habría casita en el campo, ni partidas de ajedrez con Kim Philby y con los otros ilustres desertores occidentales que no podían volver a su país como tampoco se puede regresar de la muerte. Había que hacer algo y hacerlo rápidamente.

El espía que regresa a casa

Todo había acabado y regresaba a casa, o así se sentía en la obligación de creer, pues, con la boca reseca y los ojos irritados, recobrando la conciencia, debía admitir que lo acabado era el principio de un territorio desconocido y que el cansancio no sería pretexto para dejar de afrontar los imponderables de la nueva situación. En cuanto a lo de volver a casa, tuvo que aceptar que se trataba de una expresión retórica, ni siquiera útil para la propaganda. El extraño que regresa a su tierra después de años de ausencia encuentra cambiado el paisaje de su niñez, destruido por multitud de elementos superpuestos y sólo reconoce lo que es inmutable: los olores y el cementerio donde reposan sus antepasados. No estaba seguro de poder rescatarlos de su ordenamiento petrificado, ni de que le dieran la oportunidad de volver como un intruso. Con un poco de suerte lo enterrarían en vida en un despacho precipitadamente dispuesto para él y en el que nada tendría que hacer salvo esperar que los años pasaran veloces.

Su desierto interior era comparable al que observaba a través de la ventanilla: un sol irreal e inútil que de nada sirve iluminando toneladas de nubes que le impiden llegar a la tierra, una extensión arrugada de algo que parecía firme y sólo era engaño y alucinación. Sin embargo, se sentía alegre de estar vivo y de haber salido del incendio, con la culpable complacencia del furtivo que lo ha provocado y atraviesa la barrera de llamas, dejando a los otros achicharrándose

Otros agentes de rango similar al de Vilnius o incluso superior, como Philby, Mac Lean y Burgess, tuvieron que esperar semanas, recluidos en apartamentos de seguridad menos confortables que la casa de Vilnius, antes de ser recibidos -sin grandes honores, ni discursos memorables, todo habría que decirlo- por funcionarios menos cualificados que Mijail. Si el Comité, por norma  y  columna vertebral de su existencia,  no solía celebrar los éxitos de un agente en pleno rendimiento y con un futuro brillante, menos debería festejar lo que a todas luces era un fracaso, la deserción precipitada. El carbón es una consecuencia no buscada, cuando lo que se pretendía era mantener el  árbol vivo y lleno de nidos. Ninguno de aquellos agentes quemados, prácticamente inservibles, merecía la urgencia de un inmediato reencuentro. Para ellos había dejado de existir el tiempo, erizado de proyectos, y sólo tenían delante el anticipo de una eternidad tediosa: un espejo lleno de niebla, el simulacro de una actividad limitada a traducir textos, recortar artículos, revisar las biografías de los nuevos diplomáticos extranjeros, la indulgencia de sus pequeños o grandes vicios y la tolerancia de hábitos tan extraños en el forzado medio de su supervivencia como el remedo de un paisaje en el fondo de una pecera.

Sobre la vida en la Rusia soviética 

Su primera impresión -no se lo dijo a Alexis- fue descorazonadora. Los pocos rusos que trató -la camarera del tren nocturno a Leningrado, preocupada siempre de que no faltara el té en su  área de trabajo, como si hubiera nacido sólo para desempeñar esa función; las vigilantas de las plantas de los hoteles, los conductores de los autobuses, los maestros de las guarderías y los guías turísticos-, todos cortados por el mismo patrón, le parecieron gente de amabilidad sonámbula y satisfecha, pero fuera de ellos, la muchedumbre de ciudadanos anónimos que hacían su vida sin saberse observados -entrando en tiendas mohosas, controlando su peso en básculas callejeras y deambulando como si no fueran a parte alguna- le encogió el alma, sin poder evitar el recuerdo de Andreas, quien a buen seguro le habría echado en cara su habitual tendencia a las consideraciones sentimentales y poco prácticas." La gente no cambia por el hecho de vivir en un país socialista, no le salen alas porque no se convierten en  ángeles, siguen siendo mezquinos, y tontos y aprovechados, y también listos, altruistas y generosos, como en todas partes, sólo que no están oprimidos".

Sobre las purgas

Había crecido en un ambiente donde se procuraba no mencionar lo que todos sabían y lo que ella ignoró siempre. Guardaba un recuerdo borroso de su padre, relacionado con la mirada que éste le dirigió antes de que se cerrara la puerta detrás de él, escoltado por dos hombres que habían revuelto la casa en silencio -ella creyó que buscaban sus juguetes, una muñeca de trapo que se llevó de la guardería- y con el sabor de la trenza que puso en su boca para protegerse de los hombres, o quizás, para no llorar, obedeciendo la última indicación de su padre. Jamás supo por qué se lo llevaron, ni entendió que su madre no se lo explicara. Sólo que creció con la idea, amamantándola en la oscuridad de su habitación, de que al final de un día glorioso de juguetes y pasteles y de poner sus manitas escondidas dentro de las de su padre que tocaba el piano, podía suceder que alguien pulsara el timbre de la casa, golpeara la puerta a patadas y entrara -no uno, sino dos o tres o cuatro desconocidos- para buscar su muñeca de trapo.  Ajena a lo que se decía en las reuniones, perseguía al principio la cálida protección de Mijail y se sorprendía pensando que lo que le gustó de él, en el inicio de sus relaciones, no fue que algunas veces creyera ver en sus ojos la mirada perdida de su padre, sino que le fascinara descubrir en sus movimientos la aparición, a través del tiempo, de los que llegaron para recuperar la muñeca de trapo que no le pertenecía.

Sobre los arrestos y el fin

No empezaban la vida sino que la acababan.   Ya no existía un destino en Tashken ni una casita en el campo, ni siquiera el deseo de reencontrarse. Era tan sólo una cuestión de supervivencia. Mijail conseguiría marcharse, había preparado la salida para él solo porque jamás le habrían autorizado a salir con ella y Povieda supo que debería empezar a acondicionar su coartada, comprendiendo que Mijail acababa de demostrarle, por primera vez en muchos años, que la amaba. Si le comunicaba su verdadero propósito de no regresar, le trasladaría una carga que no había querido para sí. La habría colocado en la obligación de delatarlo, aquella misma noche, para impedirle la huida. Cuando se hubiera comprobado la deserción de Mijail, irían a buscarla y la interrogarían días y noches para que confesara que pudo haberlo denunciado a tiempo y no lo hizo. Pero nada podría añadir sobre la conducta de su marido. No hablaron del viaje, ni de los propósitos de Mijail, ni si lo planeó durante mucho tiempo.

Ambos permanecían en silencio, sabiendo cada uno exactamente lo que pensaba el otro. Mijail tomó la mano de Povieda y la sostuvo entre las suyas, como quien acaricia la de un moribundo, aunque no se supiera quién iba a morir. Povieda volvió a comprobar después de muchos años de olvido que las manos de Mijail eran hermosas. Recordó unas vacaciones en Leningrado, cuando se averió la calefacción del hotel y él pasó toda la noche frotándole los pies con aquellas mismas manos que ahora sudaban de incertidumbre y quizá  por el pánico, parecido al que la sobrecogió a ella momentos antes de que sonara el timbre de la puerta. Se acercó para besarlas y al levantar la cabeza vio que Mijail estaba llorando.

Aquella noche merecería ser eterna, pensó Povieda y supo que Mijail la comprendía a través de la piel. Nadie que quisiera estar realmente con ellos les esperaba al otro lado de la puerta, donde parecía haber acabado el mundo. Sergei, su único hijo, se despidió de ellos, en aquella misma habitación, lleno de vida, tostado por las maniobras militares en la nieve, y lo recibieron dos años después, embalsamado tan rápidamente que no se pudo disimular la horrenda mutilación del rostro comido por las moscas de Afghanistan.

 

Una reunión del Buró político

Aunque Mijail entrara en el viejo edificio de paredes ocres y cristales oscuros aparentando calma de piedra - displicente a los saludos enérgicos de los soldados y a los gestos secos pero respetuosos de los viejos ujieres -, sabía que la partida había empezado mal. Durante los últimos años era él quien, por delegación del Secretario del Comité, convocaba las reuniones y decidía el número y el rango de los asistentes. Sus subalternos y los que se hallaban a su nivel eran los primeros en llegar y a veces Mijail, siguiendo una táctica tan estudiada como vieja, les hacía esperar unos minutos para recalcar su autoridad o para subrayar que, en todo caso, la iniciativa le pertenecía a él. Los que podían significar un peligro para él se volvían timoratos en su presencia. Mijail les daba tiempo para que meditaran sobre la conveniencia de presentarle batalla y generalmente se enfriaban sus  ánimos belicosos al observar que el resto de los convocados no demostraba intención alguna de introducir elementos discordantes en el orden del día. Se aplacaban y dejaban para mejor ocasión, que nunca llegaba, el planteamiento de sus críticas. El desafío de Mijail era tan ostensible como su seguridad en el triunfo. No tenía inconveniente en dejarlos solos para que conspiraran a su antojo, si lo deseaban. El permanecía en su despacho aparentemente ocupado en temas de urgencia, descifrando claves o enrevesando mensajes de última hora, cuando en realidad dejaba pasar el tiempo con la lectura de informes que podían esperar al día siguiente. Su llegada a la reunión era teatral y no por repetida dejaba de producir el efecto buscado. Saludaba a los asistentes, agitando un mazo de papeles en la mano y se dirigía a su asiento con gesto de fastidio, como si la sesión no se hubiera retrasado por él sino por los otros.

Era evidente que el ceremonial había cambiado. Por primera vez asistía a un consejo no convocado por él, había sido el último en enterarse y la circunstancia de que todos hubieran llegado antes que él subrayaba ahora no su poder, sino su caída.

Resultaba palmario además que no habían acudido a última hora como él, sacados de la cama por un coronel de seguridad y vigilados, no protegidos, de cerca por un coche del servicio. Debían de haber permanecido allí toda la tarde a juzgar por la batería de vasos vacíos  y por las bandejas en las que sólo quedaban restos de canapés y de pastas. Habían consumido todas las botellas de agua mineral de envases pardos y verdes y sólo quedaban algunas de zumo de manzana. Lo que se entiende por ambiente de camaradería era la expresión más adecuada para definir el inusual clima de franqueza y casi de exaltación, como suele ocurrir al final de un cónclave que concluye a satisfacción de todos, incluidos los que llegaron a él con  ánimo distinto y temerosos quizás de ser ellos los elegidos para morder el polvo.

Con su poderosa capacidad de síntesis para unir datos dispersos y contradictorios a la rapidez que todos le envidiaban, Mijail observó que la tarde había reconciliado a viejos camaradas que no se saludaban desde hacía años. Petrov y Ogarkov, cuyos puntos de vista eran proverbialmente opuestos, se enfrascaban en una conversación tan animada que parecía que pretendieran recuperar el tiempo perdido en silencios y en reproches mutuos. Semionov y Glimka apoyaban servilmente los comentarios del Secretario del Comité, liberados al fin de la incertidumbre que los mantuvo en vilo durante los dos últimos años sobre su futuro inmediato.

Mijail dedujo que cualquiera que fuera el resultado de la reunión, no dependería de cómo se desarrollara en las próximas horas o minutos, sino que se había producido ya, y que él era el único en ignorarlo. Procurando que no se notara un interés rayano en la angustia, buscó desesperadamente, con un rápido barrido de la mirada a Karpov y a Belov, sus incondicionales en el Comité y no los halló. Habían sido sustituidos por los generales Kazei y Sárychev, los "mudos", que ni siquiera se molestaban en mezclarse con los otros y asistirían imperturbables al consejo anotando en sus cuadernos, sin levantar la cabeza, todo lo que ahí se dijera. Con la entrada de Mijail se hizo un momento de silencio. Le saludaron como si nadie hubiera reparado en su ausencia  y él se dirigió a presentar sus respetos al Secretario que en aquel momento se inclinaba para hablar con alguien que permanecía sentado en un sillón. Mijail no entendió la incomprensible deferencia del Secretario hacia alguien que no se molestaba en levantarse. Lo descubrió cuando no podía retroceder ya. Era Alexis Stiupin, demacrado, moviendo una mano en la que se dibujaban las venas negras debajo de una piel como pasada por cloro.

 

Sobre la continuidad del método

Viéndoles a todos asentir, en el más puro estilo de conmiseración y alabanzas hacia una víctima que no se levantaría de la tumba para recoger los aplausos ni para amenazar, Mijail, definitivamente iluminado por el incendio, contempló con terror cómo se había dejado llevar por los acontecimientos que él mismo provocara. Alarmado por la súbita aparición de Vilnius, cuyo testimonio ante el Comité habría sido desastroso, cometió el error, al que fue conducido por el artículo de Izvestia, de considerar que lo que se hallaba en discusión era el  método y lo que procedía era eliminar las pruebas y los testigos de su funcionamiento para que él quedara libre de toda sospecha. Y no se dio cuenta de que no era el método lo que se perseguía sino a él y a su red.

 

Ni siquiera se paró a considerar por qué se había equivocado Vilnius y quién lo empujó a huir. Alguien lo atrajo a Moscú y se lo entregó a Mijail para que éste se ocupara de silenciarlo. También Fritzman había muerto y Simón de Salamanca no tardaría en hacerle compañía ¡Era el método lo que debía pervivir, superado! Habían utilizado una momia, el pobre Alexis Stiupin, mantenido en la nevera durante años para aquella ocasión, sacado a rastras de la cama, sin enterarse de lo que sucedía, para que sirviera de testigo de trámite. ¿No habría sido una exigencia del propio Gideón Stern? Su aparato de Inteligencia recibió un duro golpe cuando uno de sus hombres, no un supuesto colaborador sino un agente con plena cobertura diplomática, fue pillado en Washington con documentos altamente confidenciales.

Los americanos empezaban a sospechar que la inusitada actividad de los agentes israelíes tenía otro cliente más interesado que el gobierno israelí: el Comité. Era también la vieja táctica de Gideón: calcinar la tierra antes de la retirada. Barrería a todos los que hubieran intervenido en los preparativos del método y ésta habría sido la verdadera exigencia de Gideón: tener a cambio la cabeza de Vilnius, la de Fritzman, la de Simón... y la suya, la de Mijail. La noticia de la purga y de la aparente destrucción del método tranquilizaría a todos los que empezaron a alarmarse con sus resultados y Gideón no necesitaría ya intermediario para negociar con el Comité. Se habría llegado a la ansiada reconciliación, una de cuyas pruebas mudas era la repentina aquiescencia de Semionov y Glimka. Si Mijail había sido durante años el contacto permanente con Vilnius, carecía de explicación que no hubiera intervenido en los nuevos encargos que recibió su colaborador. Volvió a ver la mano de Gideón Stern y el impulso del  Comité en las andanzas europeas de Vilnius quien, además, era un decidido adversario del entendimiento con los israelíes. La "Operación Moisés" continuaría sin Simón de Salamanca, cuya desaparición, espectacularmente resuelta y convirtiéndole además en víctima, sería un motivo más para impulsar la campaña "Hambre en Etiopía". 

 

 Profético. Una descripción exacta de lo que iba a ocurrir

   

El artículo coincidió con el súbito y envalentonado despertar de los miembros más pusilánimes del Comité y con el regreso de otros que permanecieron en el ostracismo durante años: habían dormido en sus guaridas solitarias y ahora se juntaban para otear la dirección de los nuevos vientos. Se vivía en una situación de interinidad que daba alas a los mediocres. Incapaces de proponer y de llevar a la práctica métodos distintos, si es que los había en un mundo convulso en el que el Estado soviético podía desaparecer entre los escombros, intentarían demostrar que no se trataba de errores, sino de un planteamiento general viciado desde sus orígenes. Demasiado complacientes con sus jefes en el pasado, convertirían su mansedumbre y su nula capacidad para emprender algo que se saliera de la seguridad de lo rutinario, en velada crítica, tan largamente sostenida por ellos como repetidamente desoída por aquellos. Era la antesala del sálvese quien pueda. Se pondrían a ladrar de inmediato, con la táctica de los perros del barrio: empieza uno, tímidamente y sin motivo visible, y es pronto secundado por los otros.

     Sobre la moral

El asesinato era siempre una cuestión política, con el añadido de que él decidía cuándo se trataba de una cuestión política. Obviamente Alexis estaba vivo porque Mijail no pudo eliminarlo, pero  era incuestionable que habría sido mejor tenerlo entre los muertos, en el lugar donde estaba Magnus Klinker y tantos otros. Lo que no significaba que odiara a Alexis. "El odio estropea todos los planes de la razón, los vuelve además inmorales", le había dicho a Simón la primera vez que consideraron la conveniencia de acabar con Klinker, con la esperanza de que aquél encontrara un sistema rápido y fácilmente olvidable, lo que no fue así.

 

    Poético

Se levantó penosamente y oyó el crujido de sus rodillas.

El barbo se había sumergido y el cielo era de luto viejo, desteñido. Regresó a casa por el camino antiguo cargando a la espalda el saco lleno de hierba para los conejos. Caminaba a tientas, más confiado en la destreza de sus piernas para tantear el terreno que en la de sus ojos largamente usados en la contemplación repetida de las mismas cosas. Ni siquiera habían visto el mar. El viejo no lograba entender cómo contemplaba tantas cosas en los sueños, lagos sin fin, mares de olas altísimas, llanuras de arenas ardientes, millares de rostros distintos, algunos de ellos completamente negros y otros redondos con dos finas ranuras por ojos, sin haber salido nunca del pueblo. Hablaba de ello con su mujer en la cama, cuando ambos despertaban a la vez del sueño y se sorprendían de haber visto las mismas cosas. "Esta vez he volado, Manuela. No es que tuviera alas, ni fuera montado en un globo, sino que simplemente volaba, iba por el aire como un soplo de pelos de conejo, sin peso, como si me levantara alguien que estaba dentro de mí". Manuela le apretaba la mano con fuerza para indicarle que siguiera hablando, sin parar, hasta que el sol estuviera por encima de la tapia del corral. La mujer pensaba que se entristecería mucho cuando muriera el viejo.

... El viejo la observaba ansioso. El sabía que las mujeres están más dotadas que los hombres para percibir las señales que llegan del otro mundo. La autoridad le pertenecía a él, pero la decisión a ella, en un reparto que había funcionado así durante siglos. Además, las mujeres están más acostumbradas a la muerte y a hablar con los moribundos, incluidos los animales que hasta el momento del sacrificio formaban parte de su vida.

 

       Descripciones de Moscú

Mónica conoció en casa de la Zagladine a Evgeni Vavilov, insistió mucho en el nombre, como si tuviera algún interés especial en que Márgara, a quien todos los nombres extranjeros sonaban igual, lo escuchara, Evgeni Vavilov, un guapísimo muchacho que prefería escandalizar a sus profesores interpretando música clásica en el vestíbulo de la estación "Bibliotek" del Metro antes que proseguir sus estudios de química en la Universidad. Mónica descubrió Moscú de la mano de Evgeni y Márgara la imaginó tal como debió ser unos años antes, si ahora era bellísima, con su largo pelo de caoba y una piel que parecía hecha de una sola pieza, sin junturas. La vio de la mano de Evgeni, recorriendo el mercado de flores, la venta al aire libre de perros y de gatos nacidos para encontrar un amo solitario, el balcón de los enamorados, al pie de la Universidad, desde el que se veía la hermosísima ciudad de Moscú  cuya cintura abrazaba el nobilísimo río viajero. Tomaron pollo con cerveza en los bares del parque Gorki con sus teatros abiertos para escuchar aquí a un famosísimo tenor del Bolshoi y allí  un coro del ejército, junto a viejecitas que lloraban no se sabía si de felicidad o de temor de que acabaran aquellos días de oro. Recorrieron el río en barcazas abarrotadas de turistas, pasearon por la Plaza Roja y se les fue la noción del tiempo en el Museo de Bellas Artes de Pushkin y en la pinacoteca Tretiakov. Un mes después, cuando se acababan las vacaciones de Mónica, decidieron casarse, pero el proyecto de vida en común se redujo a fracasado forcejeo de casi dos años con las autoridades para que permitieran la residencia de Mónica en Moscú o el traslado de Evgeni a Varsovia. De pronto, Evgeni dejó de contestar las cartas de Mónica y la operadora de teléfonos de Varsovia le comunicó a la muchacha que el número de teléfono de Moscú, con el que tantas veces había conectado para hablar con Evgeni, no correspondía a ningún Vavilov. Durante cuatro años Mónica siguió escribiendo cartas, cada semana, a la dirección de Evgeni, que no fueron devueltas por el correo, no contestadas por un destinatario que parecía no haber existido nunca. Se amuralló en sí misma, alimentándose con el recuerdo de Evgeni que se desdoblaba en personajes distintos para acompañarla en la lenta maceración de su existencia solitaria. Mónica hablaba en sueños con Evgeni y le llamaba su camello salvador, liberado él mismo de las necesidades terrenales para aportarle el calor y el alimento que precisaba para la travesía de un desierto sin límites.

 Intriga 

[Elías] Parecía sereno y no esperar acontecimiento alguno, pero Mónica intuía extraños peligros y discernibles amenazas que tendrían que venir no de la quietud de Elías, ni de acontecimientos futuros, sino del cementerio del pasado, de la región ignorada donde se engendran los monstruos y duermen los sucesos inacabados.

Empezaron a resucitar cuando, de madrugada, a la hora en que los pulmones se olvidan algunas veces de respirar, sonó el teléfono por primera vez en cinco meses. Mónica tomó el auricular y escuchó el silencio al otro lado. No era un silencio mecánico, sino humano, construido con la lejana respiración de alguien que tres segundos después decidió interrumpir la llamada.

 

 Tremendas descripciones de presos

Contemplando cómo la lenta llama azulada avanzaba sobre la página de la revista de mayor circulación del mercado, se miró en el diminuto espejo que colgaba sobre el lavabo. Era un objeto prohibido, como muchos de los que llenaban la celda con su apariencia desconcertante, para mantener al preso ajeno al proceso de su descomposición. No puede ver su rostro sepultado en vida.

Otro en su lugar se habría exasperado, pero el se sintió satisfecho y renacido. Era evidente el destrozo que el tiempo hizo en él. La  áspera cabellera negra sólo aparecía ya en la fotografía. Cada año fue retirándose un poco más hacia la nuca. Podía contemplarse el cráneo, lechoso entre una franja de pelos ralos y del color de las ratas. Un rostro de prisionero capón, desafiante por el espeso bigote de cerdas negras que acentuaban aún más el carbonero fulgor de sus pupilas. Fueron su principal delator en aquellos años que concluían con el humo de la fogata. Hubo de aprender a domesticar su mirada. Primero, imponiéndose la disciplina de no dirigirla a los ojos de su interlocutor. Pasando después, cuando se consideró seguro de su estrategia, al mirar ausente, para terminar adoptando un aire cuya calculada sumisión sólo fuera advertida por él mismo.

Reflexiones sobre el mundo

El mundo estaba volviéndose loco o, si no, aumentaba prodigiosamente el número de los locos peligrosos. Los locos que robaban chiquillos para extirparles los órganos que algunos ricos compraban, los locos que bebían sangre humana, los locos que violaban mujeres ancianas y las descuartizaban, los locos que se volvían más locos de crueldad en todas las guerras que mostraba cada día la televisión, entre anuncios de goma de mascar y grasas, procedentes de fetos humanos, para regenerar lo imposible, los pellejos de cuerpos sólo vagamente humanos. Ya no era posible seguir diciendo que los presos eran víctimas de las circunstancias sociales, pues ni la pobreza ni la miseria, que tantas consideraciones evangélicas habían merecido, podían conducir a convertir a los pobres en asesinos, ¿qué?, diabólicos, pues había que admitir que las cárceles ya no eran lo que fueron y que si seguían siendo el espejo de la sociedad, apaga y vámonos, no cabía duda de que ésta, se dijo el capellán el día en que decidió pedir nuevo destino, no era otra cosa que la piara de los cerdos en cuyo cuerpo habían buscado refugio todos los demonios que crecieron y se multiplicaron desde los tiempos evangélicos.

 

   Retrato de los jóvenes revolucionarios

Los escritores malditos, innombrables en la Universidad, Celine doblemente maldito, blasfemia alada, dotado de mil ojos como otros seres tenían mil pies; Ezra Pound, el  ángel lleno de conceptos divinos caído en el infierno, el competidor en la creación de la palabra; Maiakovski, de acero etéreo y los otros, los falsos  ángeles de ficticia rebeldía cuyos nombres se juró nunca más pronunciar, ni recordar, eran seres desconocidos para todos, en aquellos cursos, menos para Andreas quien parecía no sólo dominar sus obras sino conocer los secretos de su vida privada, sus vicios y sus horrendas genialidades que excitaban la sensibilidad de Elías. Andreas se esfumaba misteriosamente, nadie sabía a dónde iba y regresaba iluminado, febril, más activo que nunca, pero también más reservado, no queriendo compartir con nadie su bien construida clandestinidad. Era la nueva imagen del conspirador. No el romántico que muestra su pecho al pelotón de fusilamiento, no el héroe que sostiene el  ánimo en las barricadas, sino el administrador de la revolución, su contable, aquél al que nada perturba porque sabe que la esperanza del triunfo es la enfermedad del revolucionario.

 

 Sobre los intelectuales

"Si lo que pretendes es hacer llorar a la gente, has encontrado el camino. Pero ni siquiera serás un escritor maldito con tus denuncias de plañidera. Lo importante no es conmover a la gente, sino meterles el revulsivo en el hígado, darles un dulce envenenado. Sacudirla sin contemplaciones y fríamente, como el cirujano que no se emociona con las heridas que produce. Las mismas heridas que luego harán llorar a los familiares del enfermo ¿A quién quieres impresionar con tus reportajes sobre las condiciones miserables en que vive la gente? ¿A los que las sufren? Ellos no lo necesitan y como ves, ni siquiera quieren cambiar de vida. ¿A los lectores ? ¿Y quiénes son los lectores? No los que sufren la opresión, sino los que en lugar de combatirla disfrutan con el sufrimiento que produce. Olvídate de ellos, manda a la mierda a los malditos intelectuales que no desean que el mundo cambie porque son como las moscas en los excrementos, se alimentan de mierda y no serían felices en un mundo limpio y nuevo. Acuérdate de lo que dijo el maestro, el más importante ser lúcido que produjo el siglo pasado: no se trata de interpretar el mundo, sino de transformarlo. No. Tu puesto no está  ahí, sino en las catacumbas, en la conspiración que no tolera debilidades."

 

    Sobre la conspiración

Con el convencimiento de haberse curado de sus antiguas veleidades intelectuales, se impuso la disciplina de renunciar a considerar los hechos en su conjunto, para fijarse sólo en el detalle, creyendo que sus acciones aisladas convenían al plan general. Este no podía ser más ambicioso, como dedujo entusiasmado tras una enardecedora cena de confidencias con Alexis. Se trataba nada menos que de minar la potencia del capitalismo mediante la desestabilización industrial de Europa, lo que significaba crear y apoyar los movimientos ecologistas más radicales en contra de la energía nuclear, conspirar para que los gobiernos europeos se vieran obligados a aprobar leyes cada vez más restrictivas contra la industria, amparar cualquier tipo de contrabando industrial  que minara la plataforma productiva de los países capitalistas y extender el pesimismo cultural para que las gentes no se sintieran seguras en sus casas  ¿Y qué tienen que ver gentes como Simón de Salamanca en este proyecto? se escuchó diciendo tontamente a Alexis. "Son nuestros compañeros de viaje hoy, gentes sin escrúpulos, sumamente ambiciosas, que no aspiran a cambiar la sociedad por otra más justa, sino a enriquecerse sin límites. Ellos creen que no tenemos futuro, que nuestro sistema se caerá  un día y que mientras tanto seguirán enriqueciéndose y nosotros pensamos lo mismo de ellos, y son útiles para nuestros propósitos."

Sobre la conspiración industrial

Simón le facilitó abundante documentación sobre las maquinaciones de su socio Fritzman, quien a través de sociedades fantasma en el extranjero  compraba a bajo precio los productos que fabricaban sus propias empresas siderúrgicas y otras fábricas estatales y los revendía en el mercado exterior por debajo del precio de coste. Las sociedades fantasma en el extranjero desaparecían dejando impagados sus compromisos y los Bancos acreedores se veían incapaces de realizar sus créditos a la exportación. Su admiración por Alexis se desbordaba. El plan aparecía como la obra genial de expertos calculadores, cuya capacidad de imaginación era mucha más poderosa que la de los vanidosos intelectuales, brillantes sólo tras atiborrarse de alcohol, pero los cálculos de Alexis no eran charla de sobremesa, sino un procedimiento que cobraba vida al servicio de la revolución. Fritzman no tuvo problemas legales, amparado por los ministros que se sucedieron en el cargo - y que le premiaban con cuantiosas subvenciones oficiales para paliar el déficit de sus empresas -, pero tuvo que elegir una vida transhumante y en apariencia bohemia, refugiado en residencias convertidas en fortalezas de las que sólo salía en helicóptero para pasar las noches en los casinos europeos más renombrados, escoltado siempre por guardaespaldas que arropaban el séquito de "starlettes" que acompañaban al célebre fabricante de aceros.

En el transcurso de su investigación sobre Fritzman, Elías descubrió algo que le llenó de enardecimiento. No compartió su hallazgo con Simón, a pesar de que éste le puso sobre la pista que le conduciría a la revelación, sino que, por el método convenido, pidió entrevistarse con Alexis a la mayor brevedad posible. Fritzman estaba enviando a los rusos centenares de miles de toneladas de vigas estructurales para la construcción, fabricadas en hornos eléctricos con chatarras refundidas varias veces y no en altos hornos con materias primas, tal como figuraba en el contrato

 

  Sobre los jueces contra la corrupción

El joven abogado Marco, cuyos frecuentes viajes a la URSS no llamaron la atención en un país donde los comunistas se hallaban fuertemente implantados, debería abstenerse de visitar Moscú, renunciar a cualquier protagonismo político y dedicarse exclusivamente a abrirse camino en la magistratura italiana. "Si quieres hacer la revolución, el camino es llegar a sentarte en el sillón de un juez. Es el único lugar donde quedará  algo de poder en los tiempos de anarquía que se acercan", le dijo Vilnius en aquélla ocasión ya lejana que ahora recordaban. El juez le debía no sólo el haberle orientado hacia la carrera judicial, sino su valiosa ayuda para progresar en ella. Y le agradecía, por encima de todo, su discreción.

 

A pesar de que sentado a solas en su despacho habría dicho que notaba la presencia física de Vilnius, éste no menudeaba sus visitas por razones de seguridad, especialmente cuando Vilnius empezó a militar en un partido de la derecha francesa y sobre todo cuando fue elegido diputado al parlamento europeo. Y ciertamente Vilnius formaba parte del despacho del juez, más aún era su motor escondido. Ni el propio Marco supo, el día que llegó su gran oportunidad para la gloria, cómo cayó en su despacho la responsabilidad de abrir el primer sumario que iniciaría la serie de los grandes procesos por corrupción. Se asustó porque sabía que no estaba preparado para dirigir una investigación demasiado compleja para cuya ejecución no se necesitaba sólo el coraje del que abundaba, sino un gran manejo de los procedimientos técnicos. Cualquier fallo que cometiera podría invalidar los pasos anteriores y reducir a cenizas el trabajo de todos los que quizá durante años habían trabajado pacientemente. Después sabría que todo fue una hábil jugarreta de Vilnius. " Los agarramos por sorpresa - diría un Vilnius resplandeciente de felicidad por el triunfo -. Ellos hicieron que te nombraran juez especial del caso para que fracasaras, para que te dejaras enredar por la complejidad del tema, de forma que el sumario se perdiera durante años en un laberinto de papeleo".

 

Y así habría ocurrido, reconoció Marco, si Vilnius no le hubiera hecho llegar, semana tras semana, como una novela por entregas, las pruebas necesarias para deshacer la red. No todos los documentos a la vez, porque Vilnius no estaba plenamente convencido de que Marco, aún siendo leal, tuviera capacidad para dominar la visión del conjunto y  sobre todo porque, en el caso de que su fidelidad no fuera tanta, no pudiera alertar a los implicados al privarle de la oportunidad de considerar el tema en su aspecto global. Fue así como el juez Marco desbarató la trama de políticos y militares  dedicados durante años al contrabando de petróleo, cuyas grandes ganancias económicas sirvieron para financiar a los partidos políticos y alejar a los militares de cualquier deseo de protagonismo político. Al principio, Marco creía que Vilnius actuaba por afán de arrojar fuera de la política a los corruptos y por restablecer determinados principios éticos y así se lo confesó, cuando se encontraron discretamente en París.

"¿La moral? - respondió Vilnius demasiado serio, casi furioso - A qué moral te refieres? El mundo ya no volver  a ser como antes, más o menos estable y con gobiernos que se respetan. El barco se hunde, amigo mío, y hay más ratas que pasajeros. Lo único que podemos hacer es dinamitar el barco aunque perezcan los pasajeros, quienes además no sólo no hicieron nada por impedir la proliferación de las ratas sino que las alimentaron..."

Marco acababa de llegar a la capital francesa atraído por una llamada de Vilnius a su domicilio particular en Roma, en la que con medias frases y alusiones  a encuentros anteriores le hizo saber, sin que nadie más que ellos pudiera saber de qué hablaban, que su inmediata visita a París le daría la oportunidad para afianzar definitivamente su carrera. Era muy reciente su traslado a Roma, pero ya se hablaba de él para ocupar un puesto de nueva creación: una especie de superjuzgado de instrucción para coordinar todos los sumarios que se habían iniciado en Italia y en otros países de la Comunidad Europea para establecer los nexos de la política con el tráfico de drogas y de armamento, con las comisiones ilegales, con la organización de secuestros y con el terrorismo internacional."

Para empezar - le dijo Vilnius -, tenemos una mina prácticamente inagotable, porque con su ejemplo se abrirán otras". En aquel desolado restaurante vietnamita del Faubourg Monmartre, donde a nadie se le habría ocurrido ir a buscarles, estaba naciendo, por una brillante partera llamada Vilnius Pekuolis, la política de los arrepentidos. "No funcionará, creo que no funcionará  porque conozco muy bien la mentalidad de los delincuentes. Son mentirosos por naturaleza, mitómanos, capaces de traicionar a su madre por obtener una ventaja inmediata ¿Qué‚ juez tomaría en consideración su testimonio? ¿Además, cualquier abogado medianamente astuto lograría una ventaja de ellos para obtener todo lo contrario de lo que pretendes".

Vilnius dejó que el juez Marco pateara en el vacío con más y más argumentos y cuando lo halló vacío, le replicó sonriente :"¿Qué juez? Conozco a uno que lo haría. Tú", y antes de que el otro expresara su enojo, sintiéndose insultado, añadió: "Si me lo permites te lo demostraré esta tarde". Dijo al tiempo que levantaba una mano para saludar a un recién llegado, alto, desgarbado, que avanzaba entre las mesas vacías.

El juez miró molesto a Vilnius. "No debes preocuparte, es un amigo de absoluta confianza. Y  en tiempos amigo de nuestro común y viejo amigo Alexis Stiupin".

Era Andreas. No se sentó a la mesa, sino que se quedó parado a la espera de que los otros se levantaran y de que Vilnius pagara la cuenta, sin hablar más después de haber saludado con un ligero movimiento de cabeza al juez. Salieron a la calle y allí Andreas les dijo que la casa estaba cerca y que por ello aconsejó que se encontraran en el restaurante vietnamita, les guió por varias callejas y se internaron en una galería comercial atestada de gente. Por una vieja puerta de cristales salieron a un patio interior y Andreas pasó delante de ellos para mostrarles el camino hacia unos polvorientos escalones de madera que crujían cada vez que ponían los pies en ellos. En el último  de los siete pisos se pararon y Andreas dio unos golpes acompasados a la puerta. Detrás de ella les esperaba uno de los hombres más buscados en Europa por los más expertos asesinos profesionales: Totó Giardinetto, el más importante hombre de honor de la Cosa Nostra, dispuesto a colaborar con el juez de jueces, Marco Campagna.

Así se lo propuso a un Andreas radiante de excitación por lo que creía ser la culminación de su carrera de conspirador, la captura por sus hábiles dotes de convencimiento de uno de los peces más importantes de la mafia, dispuesto a dinamitar el sistema político italiano.

"Después les tocará  el turno a los otros. Ahora duermen tranquilos porque creen que nadie conoce las ataduras del pasado, cuando los que hoy gobiernan los países eran jóvenes y casi inocentes y no fueron demasiado sagaces al seleccionar amistades y colaboradores", decía Andreas a un Vilnius que no aprobaba la fogosidad de su colaborador.

Totó mantuvo su promesa  delante del juez y de Vilnius. Durante un tiempo, según el acuerdo al que llegó con Andreas, permanecería escondido en una casa de seguridad donde hablaría únicamente con el juez, dándole nombres, centenares de nombres, de los políticos que colaboraban con la Mafia, pero no podría hacer uso oficial de sus revelaciones hasta que él mismo, Totó Giardinetto, las diera por conclusas.

Sólo Vilnius tendría conocimiento de las confidencias y podría utilizarlas para los fines que estimara convenientes sin esperar a que el juez iniciara públicamente el gran sumario.  Marco no podía dar crédito a lo que escuchaba y no sabía qué le espantaba más, si las revelaciones del "hombre de honor", suficientes para hacer caer las más altas instituciones de la República, o la diabólica mente de Vilnius capaz de organizar un fin de siglo precipitándose hacia el caos.

La exigencia de  Totó convertía de hecho a Vilnius en un mensajero de malas noticias llamando a la puerta de las personalidades más importantes de Europa para decirles que sus días estarían contados si no aceptaban las conclusiones fácilmente deducibles al término de una comida, por supuesto amistosa, civilizada, plagada de oportunidades, con él. Hasta que todo acabó, como acababa de recordarle de forma inapelable el juez Marco. "Finito". Era, en efecto, el último fruto del  árbol de Totó.

 

    Sobre el americano impasible

Recordó Vilnius cuando el embajador de Estados Unidos mostró su extrañeza en presencia de un adolescente dominando aquellos idiomas del pasado. "¿Idiomas del pasado? Siento mucho contradecirle, señor embajador, pero no sólo no son idiomas del pasado, sino del futuro. Cuando la gente vuelva a ser lo que era", replicó con gran seriedad el muchacho.

Vilnius fue el único en entender lo que su hijo estaba diciendo. Más tarde no sólo no arrojó por la ventana a su hijo y al amigo de éste, sino que cruzó los brazos para seguir escuchando a Valerius:

 

"No. No estamos en un mundo de bondades, sino al final de una época que tendrá  un terrible despertar. Los americanos no andan por el mundo sonriendo con su goma de mascar repartiendo democracia. Hace mucho tiempo que ese tipo de americano murió. No digo que fuera verdad lo de la democracia, sino que, al contrario no lo fue, pero murió el americano que lo creía. Ahora el americano no existe. No es el amo del mundo, con sus barcos bombardeando donde se les antoje, sino un mercenario, un legionario de los últimos días del imperio que  destruye casas, derriba puentes y pulveriza aviones enemigos entre risas, comprobando que la máquina que tiene en las manos funciona de la misma manera que en los videojuegos domésticos.

Es el fin del imperio porque el americano no conoce la muerte, no hay americanos que se vuelvan locos en la guerra porque no pueden soportarla, no son hechos prisioneros, no hay guerras que duren más de una semana, no ve al soldado enemigo muerto, no lo oye gritar de dolor con las tripas fuera, no libera países, ni confraterniza con la población, como ocurrió en los días de su última gloria durante la segunda guerra mundial, el americano ha dejado de ver la muerte verdadera, y cree que la muerte es asunto de los otros y nunca de ellos, porque la muerte verdadera, la muerte de los padres, la muerte de los abuelos, la muerte de los primos, la muerte Señora, la del Séptimo Sello, la muerte del Requiem de Mozart, ha  perdido la partida frente a la muerte de los perros y de los gatos con funeral, porque ya nadie vive en su casa con los padres, ni con los abuelos, se olvidó cuándo los sacó de casa y a dónde los llevó y no recuerda con qué brazo se levanta la espalda de un moribundo, cuyas manos cuelgan porque la muerte pasó ya por ellas en su escalada hacia el cerebro, para mirar de cerca los ojos del que va a morir, pues aunque estén cerrados se abrirán un segundo, como un vuelo de pájaros saltando de una rama al amanecer, para asegurarse de que aquella mano que lo sostiene por detrás de la espalda pertenece a la persona a la que más quiso en este mundo".

 


Sobre el protagonista

Elías retiró como un zombie de un escondrijo simulado en el armario su cartera y la abrió lentamente, en silencio, llenándose de niebla. Extrajo veinte cuadernos de tapas de hule negro y seleccionó uno al azar. Dobló las tapas y las soltó para que las páginas se separaran y se juntaran velozmente. Había millares de palabras escritas con letra diminuta, rectas y negras, como desfiles de hormigas que caminan hacia la oscuridad del subsuelo.

Casi veinte años escribiendo sobre el agua el itinerario de su laberinto, en cuyo interior se había debatido como una mosca contra el cristal, pero que visto de arriba era de una simplicidad aterradora. Como la luz de las estrellas muertas eran un mensaje engañoso e inútil. Tanto como perseguir el estudio de la materia para descubrir su secreto último: sólo se lograba la evidencia con la destrucción, pero aquélla dejaba de existir con ésta. Todo se había convertido en un espejo vacío y Elías, al arrancarse la máscara tenida por rostro verdadero durante años, no encontró nada debajo.

 

... Se daba cuenta de que repetía las palabras del comandante. Respondió como un sonámbulo, bajo el signo de su existencia desde que un día, territorio de sueños ahora, se dejó cautivar por el enardecido distanciamiento de Andreas y después aceptó los sutiles tanteos de Alexis Stiupin, para acabar gravitando, cuerpo inerte, despersonalizado, en la órbita engañosa de Simón de Salamanca. Después de recitar su papel, como un actor que no se deja entusiasmar por lo que dice, le sobrecogió una asfixiante premonición, empapado por la bruma que envolvía, borrosos, a todos los personajes.

Había citado a Andreas, a Alexis y a Simón, pero el cortejo debería continuar con Mijail, con Vilnius, con Klinker y con Fritzman ¿Qué extraño privilegio le hacía merecer alzarse  como la excepción de aquel desfile de sombras? ¿Por qué lo eligió el comandante? ¿Y Mónica, no estaba ya en la otra orilla, fuera del paisaje de su reencarnación? Estaba llegando al punto crítico de la aceleración: un paso más y lo descubriría, al final del vértigo del que no habría retorno, pues la evidencia sería el principio de la nada. Sólo que ésta vez el comandante se equivocaría. No era la madrugada de un día de niebla gélida, sino la tarde luminosa en que el toro al que todo el mundo pitó y silbó por desgarbado, confundiéndolo con un desecho de tienta, se alzó sobre su miseria aparente, se hizo puro músculo de voluntad y logró el milagro de aguantar no una sino diez veces los puyazos que lo llevaron a la gloria, después elevó altiva la noble cabeza para ver el sol, que no para quejarse de las banderillas que rasgaban su piel de oscuridades, y luego fue al engaño, sabiendo que era trampa, y trampa mortal, manejada por alguien de destino superior.

Embistió siendo más fuerte que la muerte. Se iría a los prados celestiales, allá donde tienen cabida aquellos que se perdieron por su maldito orgullo, aquellos que no utilizaron ni por una vez ni nunca la cabeza, aquéllos que jamás pensaron en sí mismos y que amaron fuertemente porque era lo único que sabían hacer  y para ello habían nacido. Los prados celestiales donde la niebla no es un espejo vacío sino  el vaho de los pensamientos de los justos, de los inmortales, de los que pecaron mucho porque amaron mucho y luego se arrepintieron con mayor fuerza aún.